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José María Pasquini Durán
Osvaldo
Estoy aquí para dirigirme a ustedes por voluntad de Catherine
Soriano y amigos entrañables, por imperativo de mis sentimientos
y, también, por delegación de Página/12, el
diario que Osvaldo ayudó a fundar hace casi una década,
que voluntariamente eligió como tribuna de su opinión
y al que amó tanto que pudo regañarlo con la mayor
severidad cada vez que lo creyó conveniente, porque lo imaginaba
potente y hermoso como se imagina a un hijo.
Con ese mandato sería, sin embargo, incapaz de despedir al
contador de historias, porque estoy seguro que de aquí en
más volverá a contarlas a cada generación.
Soriano tenía ese mágico don de contar historias propias,
tan propias que hay un estilo Soriano, pero sin embargo esas historias
eran nuestras, tan nuestras que las podemos llevar con nosotros
para siempre.
Hasta siempre Osvaldo
Venimos a honrar a un socialista sin partido, a un hombre de izquierda.
Soriano estaba orgulloso de ser izquierdista, y con su vida y su
obra enalteció a la izquierda.
Venimos a recoger los sueños de un soñador de espíritu
noble, un hombre que pensó siempre en la injusticia como
un crimen de lesa humanidad y que pensó que cada hombre y
mujer de esta tierra deberían tener la oportunidad de vivir
en dignidad y de alcanzar la mayor felicidad posible.
Venimos a rescatar a un patriota que estudió en las raíces
de la historia nacional los sentidos de nuestra grandeza y nuestra
miseria, de un patriota que pudo adivinar en la mirada de hombres
y mujeres de todo el mundo un igual sentido de patria. Por sus ideas
tuvo que exiliarse, pero esas mismas ideas lo trajeron de vuelta
para siempre en su patria y en su suelo, entre nosotros.
Venimos a despedir a un hombre honrado y en esta época el
calificativo es casi revolucionario, Soriano era un hombre honrado.
Venimos a despedir a un padre orgulloso de un caballero dorado de
Piscis, enamorado de la naturaleza, que tuvo la magia de reconciliar
al padre con las memorias del padre y que le escribió a su
padre pensando en el hijo, seguro que algún día Manuel
pensará en este padre como Osvaldo recordó al suyo,
con toda la pasión que le deja, con toda la dignidad que
va a heredar, con toda la alegría por la vida que tuvo su
padre.
Venimos a despedir a un amigo de sus amigos, implacable con los
canallas y con sus enemigos, pero bondadoso hasta lo impensable
con quien él sintiera a su lado, con quien él compartiera
un afecto.
Venimos a despedir a un hincha de San Lorenzo, que no estará
en el próximo partido, pero que sin duda ha dejado para el
club de sus pasiones algunas de las mejores páginas de la
crónica deportiva.
Venimos a despedir a un periodista independiente, libre, valiente,
incapaz de pensar en su propio interés cuando enfocó
la profesión. Tuvo las mejores oportunidades y eligió
sólo aquellas que le permitieran seguir siendo lo que cada
uno de nosotros considera un periodista digno, honesto y digno.
De izquierda y valiente, amante de sus amigos y entregado por completo
a su mujer y a su hijo.
A ese gordo deberíamos preguntarle hoy de dónde carajo
salió esta urgencia terminal. Seguiremos buscando en la vida
esa respuesta, por el sueño de vida que todavía anhelamos,
en ese territorio humano donde él depositó todas sus
preguntas y todas sus respuestas.
Hasta siempre Osvaldo.
( Palabras de despedida pronunciadas por José M. Pasquini
Durán en el cementerio de la Chacarita.)
del diario Página\12, 31 de enero de 1997.© 1997 Página
12. All Rights Reserved.
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Horacio Verbitsky
Una materia exquisita
"Por ahora olvidarlo un poco no me viene mal", dice
su carta manuscrita, una semana después de que el médico
le explicara lo que tenía por delante. Pero no podía
olvidarlo, porque hacía por lo menos tres años que
lo estaba esperando. Su último libro, distribuido en la semana
del diagnóstico, empieza así: "Cada noche de
Año Nuevo recuerdo, aunque sea por un instante, la última
que vivió mi padre. Estaba envuelto en una bata raída,
en la puerta de la casa que alquilaba en la calle Santo Tomé.
El pucho seguía en sus labios pero ya lo estaba matando".
Por las dudas él había dejado de fumar. Pero no se
hacía muchas ilusiones. Si hasta se hizo atender por el mismo
matasanos que su viejo.
Cada vez le costaba más escribir su "Llamada internacional".
La Argentina menemista ya no le cabía dentro del "Créase
o no". Los primeros artículos de la serie son desopilantes
y parecen escritos con el mismo vértigo de A sus plantas
rendido un león, ese libro que por suerte no llegó
a arruinar en el cine Alberto Olmedo, como él quería,
con su ingenuidad a toda prueba. En los últimos, la amargura
se traga al humor y en vez de hacer reír dan ganas de llorar.
En sus primeros años en Buenos Aires, se escabullía
detrás de las columnas de La Opinión (las de mampostería)
para que ningún jefe obsesivo le encajara alguna nota que
no fueran las Historias de Vida que escribía con placer y
maestría, contemporáneas de su primera novela. En
el exilio denunció las aberraciones de los militares. Al
volver con una francesa como el tango manda le costó soportar
la mediocridad del alfonsinismo, el discurso mentiroso cotidianamente
desmentido por la práctica. Los caló de entrada, cuando
inventaron cualquier cosa para no incluir a Cortázar, que
ya estaba enfermo y vino a despedirse, en la recepción presidencial
a los intelectuales. Pero por entonces ni un pesimista como él
podía imaginarse lo que nos esperaba. Es cierto, a Osvaldo
no había gobierno que le viniera bien. Lo cual en el tiempo
y lugar en que le tocó vivir no era más que una muestra
de coherencia y decoro.
Sus libros no se parecen a lo que se llama literatura política,
pero retrató al peronismo de los 70 como nadie en las letras
del país, con un militante a cada lado de la escopeta. Tampoco
era un periodista en el sentido convencional, y sin embargo estuvo
en los dos proyectos que renovaron la prensa del país después
del medio siglo de cerrojo militar y cultura del miedo: primero
El Periodista, de donde se fue peleado bien al principio pero igual
dejó su huella, y después Página/12, contra
la que chivaba como todos los que la hacen y muchos de los que se
resignan a leerla, pero a la que no aceptó dejar cuando lo
tentaron de lugares más convenientes para su respetabilidad.
Aquí fue uno de los que puso la pequeña dosis de humor
vitriólico de los '70, indispensable para que las pompas
de jabón de la Generación X se inflaran y volaran
hasta donde pudiera verlas alguien más que los que soplaban.
Su firma acompaña la de los otros 23 fundadores de "Periodistas",
la Asociación para la Defensa del Periodismo Independiente,
en la declaración que ayer le advirtió al Gobierno
que la prensa argentina no olvidará a José Luis Cabezas
hasta que aparezcan sus asesinos.
Pocos tuvieron en estos años tanto reconocimiento como él,
dentro y fuera del país. Los italianos se identificaban con
el tono y los personajes de sus crónicas, García Márquez
leía sus novelas con tanto interés que se olvidaba
de que el autor era argentino, lo traducían a los idiomas
obvios y a los imposibles. Escribía sobre asuntos de escritores,
como el terror a la página en blanco o los desfalcos de los
editores, y sobre asuntos del pueblo, como los pataduras del fútbol,
los afanos del Gobierno, la vida y la muerte. Su hijo se llama Manuel,
por su amor tardío a Belgrano cuando entendió que
se podía rastrear en la historia el origen de nuestros males.
Volcó ese descubrimiento en artículos imposibles de
leer para quien no tuviera tanta pasión como él, pero
también en novelas donde la erudición se evaporaba
y sólo dejaba una impregnación sutil y penetrante,
suficiente para advertir que esos personajes y esa trama de folletín
que se lee sin respirar hasta la última página decían
algo más de lo que parecía, hablaban de nuestro destino
nacional. Hasta le dieron varios kilos de oro de premio en un pueblito
y, sobre todo, lo amaban los lectores, cuyos caprichos maravillosos
son inasibles para los taxidermistas de la crítica. Y sin
embargo andaba siempre rumiando, como si la mishiadura también
lo corriera a él, de puro digno.
Mientras le tiraban bombas químicas preparándolo para
la operación, pasaba las noches colgado de la Internet, bajando
programas, jugando con su PC y con su Mac, apasionándose
por el regreso de Steve Jobs al hogar e impaciente porque todavía
faltaba un año para que apareciera el nuevo System Raphsody,
probando un scanner prestado y maldiciendo porque "me dicen
que con Eudora se pueden escribir los mensajes con acentos, pero
yo no doy pie con bola porque está en inglés".
Uno de sus e-mail de estos meses dice que "con la quimio uno
anda como paseando en un mundo medio irreal". El último,
que sigue absurdamente vivo en la pantalla, dice: "Tengo fecha
de operación para el 20. El Alien se achicó lo suficiente
para hacerla posible". Tan elegante, no quería salir
porque se había quedado pelado "de barba y todo"
y prefería que sólo unos pocos supieran lo que le
estaba pasando. Ahora que ya todos saben, pueden enterarse cómo
la pasó si releen las crónicas del Míster Peregrino
Fernández, con las que se fue despidiendo. Con la que tituló
"Casablanca" cerró su libro final, Piratas, fantasmas
y dinosaurios. Su último párrafo dice: "Estoy
cansado, tengo más edad de la que he confesado y la enfermera
se acerca para llevarme a cenar. Acá en París nos
acostamos muy temprano y ahora que se acerca el invierno lo único
que puedo hacer es mirar viejas películas, leer viejos libros
y evocar viejos partidos. No tengan piedad de mí: la memoria,
si veraz y violenta, es una materia exquisita".
por H.Verbitsky en el diario Página\12, 30 de enero de 1997.
© 1997 Página 12. All Rights Reserved.
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Eduardo Galeano
El cartero
Lo vi en el ataúd, con esa cara plácida y jodona,
y pensé: Es un chiste. No hay duda. El Gordo se está
haciendo el muerto para hacer sufrir a los amigos. Nos está
tomando el pelo, pensé.
Pero Manuel Soriano, el hijo del Gordo, que es idéntico al
Gordo aunque mucho más chiquito y que andaba por ahí
con su camiseta de San Lorenzo, nos dio la justa. El le había
dado una carta al padre, para que se la entregara a Filipi. Filipi,
gran amigo de Manuel, había muerto también, un poco
antes, y él lo había enterrado, con cruz y todo, en
un pocito del fondo de su casa. Filipi tenía forma de lagartija
y costumbres de camaleón, porque cambiaba de color cuando
quería. En la carta, Manuel le decía que lo extrañaba
mucho y le enseñaba un jueguito, para que Filipi pudiera
entretenerse en la muerte, que es muy aburrida. En el jueguito había
que escribir las letras que faltaban: "Usá las uñas,
Filipi", le decía Manuel.
Entonces lo vi claro. El Gordo se nos fue por un ratito nomás.
Está trabajando de cartero de su hijo. Ahora nomás
vuelve. A mí ya me parecía, porque es evidentísimo
que este mundo no puede ser tan espantosamente triste, solitario
y final; y un tipo tan buenazo como el Gordo no podía hacernos
la cochinada de dejarnos sin él.
del diario Página\12, 30 de enero de 1997.© 1997 Página
12. All Rights Reserved.
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Juan Forn
Sin aliento o no habrá más penas
Ayer a las seis y media, en medio del estrépito habitual
de la redacción de este diario, alguien entró con
una expresión tal que no hizo falta que dijera nada. En los
últimos días se habían recibido infinidad de
llamados, preguntando qué pasaba con Soriano, cuán
grave estaba, qué chance tenía. No hablar del tema
había sido, hasta entonces, una especie de conjuro para ahuyentar
la parca. Hora por hora, día por día, parecía
funcionar, hasta entonces. Por eso, el silencio súbito y
absoluto que se hizo en toda la redacción en el momento en
que cada uno alzó la mirada y vio la expresión de
esa persona fue estremecedor. No hace falta ser periodista para
saber que es casi imposible silenciar a una redacción entera.
No hay manera de describir ese silencio horroroso, salvo decir lo
obvio: que todos los que estábamos ahí sentimos al
mismo tiempo que nos habíamos quedado sin Soriano, literalmente.
Soriano se pasó más de la mitad de su vida en redacciones.
Como muchos escritores, era un autodidacta: una manera elegante
de definir la tarea de pegarse como una lapa a toda persona que
despierta respeto o admiración, para absorber lo que se pueda
de esa persona. Y en ese sentido reivindicaba Soriano las redacciones:
había tenido el privilegio de estar junto a tantos capos
que prefería hablar de ellos antes que de él mismo.
Estuvo en La Opinión, en los diferentes proyectos de la mítica
editorial Abril de los Civita, conoció en el exilio las redacciones
de Le Monde, Libération, Le Canard Echainé, Il Manifesto
y Panorama, fue fundador y uno de los puntales de Página/12
desde su fundación. Siempre pensó que eso había
sido un lujo para él; desde hacía un tiempo largo
él era un lujo para las redacciones.
Desde una redacción empezó a escribir su primera novela,
Triste, solitario y final, con la impune soltura del que hace algo
a solas que supone que nadie nunca conocerá. En una época
mesiánica como la Argentina de principios de los '70, esa
fábula hilarante que combinaba las películas mudas
con el policial negro y terminaba conmoviendo como una confesión
de madrugada, era una rara avis. Hoy parece uno de los momentos
más lúcidos y saludables de aquella época crispada.
Cuando todos pensaban que Soriano iba a seguir "agradando"
con sus libros siguientes, él prefirió meterse con
lo podrido: en 1975 tenía terminada la primera versión
de No habrá más penas ni olvido. El "envase"
seguía siendo el mismo que en su libro inicial: fluido, infecciosamente
legible, con un ritmo poderoso. Pero la alegoría era feroz:
la lucha mezquina y sin cuartel del peronismo de izquierda y de
derecha. El libro se publicó cuatro años después,
en España, con Soriano exiliado, pero no había perdido
ni una gota de su polémica potencia. A ése le siguió
el libro que es el favorito secreto de muchos: Cuarteles de invierno.
(Y aquí se impone un comentario obligado: uno de los más
aciagos karmas que enfrenta un escritor es el efecto post-primer
éxito. Que Soriano haya aparecido con Cuarteles de invierno
después de No habrá más penas ni olvido es
un logro doble: por el libro en sí y por su capacidad para
capear el ingrato síndrome. En su momento hubo algunos que
lo vieron como un retroceso a comarcas "seguras"; hoy
serían pocos los que se animarían a decir algo así:
el tiempo ha hecho añejar de la mejor manera a Cuarteles.)
Con esos libros en la calle, en los primeros meses de la democracia
alfonsinista, Soriano volvió al país convertido en
un pequeño boom. Desde el turco Asís ningún
escritor argentino vendía tanto en base a complicidad con
los lectores. Pero ahí donde Asís era el prototipo
del porteño fanfarrón y cínico, Soriano planteaba
una complicidad mucho más "blanca" con los lectores,
el equivalente literario de un Buster Keaton combinado con Salgari.
Ahí radica quizás el motivo por el cual Soriano era
el escritor más popular (en el sentido más digno del
término) de la literatura argentina actual: sus innumerables
lectores confiaban en él. No sólo por sus novelas
sino por eso que era la otra cara de la moneda que terminaba de
definirlo: el ejercicio de la reflexión que implicaban sus
notas periodísticas.
La aventura que significó Página/12 lo tuvo como uno
de sus más irracionales sostenes. Irracionales porque, tal
como él mismo y otros lo han contado, este diario iba a ser
una aventura imposible. El modo en que lo encararon él y
el resto fue así. Por eso funcionó, podría
decirse hoy. Es fácil decirlo. Lo cierto es que gran parte
de la amplitud de registro que tiene el periodismo actual de la
Argentina se debe al modo en que Soriano y el resto del staff original
de Página/12 rompieron el corsé fría y meramente
informativo de los medios de aquellos años. Soriano era uno
de los principales defensores del ejercicio de la imaginación
y la buena prosa para escribir periodismo. Para él, la imaginación
y la fidelidad a la verdad no eran términos opuestos. Cualquiera
que revise sus notas puede comprobarlo (las mejores fueron apareciendo
en forma de libro, en Artistas, locos y criminales, Rebeldes, soñadores
y fugitivos, Cuentos de los años felices y Piratas, fantasmas
y dinosaurios).
En 1988 publicó su cuarta novela, A sus plantas rendido un
león, con la cual empieza su segundo ciclo novelístico.
Esta vez el homenajeado es Graham Greene, en las desopilantes desventuras
de un argentino devenido improvisado cónsul en un remoto
país africano. (Alberto Olmedo quiso llevar al cine esa novela,
lo llamó varias veces en medio de la noche para contarle
cómo la iba a hacer e incluso llegaron a encontrarse una
madrugada, en el Hotel Alvear, cuando Olmedo le contó a Soriano
que Lina Wertmüller quería dirigirla.) En su libro siguiente,
Una sombra ya pronto serás, el eje volvió a ser la
Argentina, pero mirándola del lado "erróneo"
del catalejo: como un extranjero atónito que hubiera heredado
por milagros de la genética una especie de saber de "lo
argentino". El ojo de la patria es la hermana melliza de A
sus plantas...: la historia de un cadáver, el de un prócer
argentino enterrado en París, y el pobre infeliz que debe
traerlo del confortable olvido de la historia. Su última
novela apareció en 1995: La hora sin sombra. En ella construía
a un padre imaginario y se daba el lujo difícil de saldar
con él, de manera descabelladamente metafísica, las
deudas pendientes.
Hace pocos meses me tocó entrevistarlo, por la salida de
Piratas, fantasmas y dinosaurios. Esa larga noche contó,
con un entusiasmo que hizo desaparecer los signos de lo que por
entonces era una molesta neumonía, que su próxima
novela iba a ser la historia del Míster Peregrino Fernández,
ese personaje extraordinario que le iba a permitir a Soriano recorrer
el siglo de la mano de un futbolista profesional, devenido técnico
trotamundos, devenido testigo azaroso y privilegiado de los más
diversos hitos de la historia y de la ficción de los últimos
noventa años. El libro empezaba como los dioses: "Imagínenme
así: un metro setenta y cinco, más bien flaco, bigote
ancho como el que llevaba mi abuelo a principios de siglo".
Habló casi dos horas de algunas de las secuencias del libro.
Es cierto que Soriano era un extraordinario narrador oral, pero
esa noche era casi imposible que ese libro no fuese excelente. E
inaugurara de la mejor forma imaginable su tercer ciclo novelístico.
En algún momento de esa noche se habló de cine, de
escenas inolvidables. Para mi sorpresa, él antepuso a Casablanca
una predilección que --por el silencio que él mantenía
y exigía respecto de su enfermedad-- no apareció en
la nota: la escena de Sin aliento de Godard en que Belmondo mira
al sol cegador desde un auto descapotable, saca una pistola y le
dispara, con la insensata esperanza de apagarlo. Soriano dijo que
esa escena era la película entera: un tipo al que no le era
suficiente todo el aire del mundo para devorárselo de una
bocanada, un tipo capaz de apagar el sol de un pistoletazo.
Es inevitable: uno piensa en esa novela inconclusa y se acuerda
de El primer hombre de Camus y de Poderes terrenales de Anthony
Burgess (una novela que quedó trunca por un estúpido
accidente automovilístico, otra que llegó a escribirse
y permitió a un alcohólico despreciado por muchos
tomarse una espléndida revancha a todas esas cejas alzadas
ante la mención de su nombre) y es casi imposible no imaginarse
a Soriano devorándose todo el aire del mundo, sentado frente
a su computadora, dejando descansar a la Internet, mascando un cigarro
sin encender, y dando vuelta como un guante, noche a noche, la historia
oficial de este siglo, para hacerla pasar por ese rico tipo de bigote
copiado a su abuelo, piernas chuecas, traje del cuarenta y pinta
de Erroll Flynn de cabotaje, llamado Peregrino Fernández.
Es casi imposible no imaginarse a Soriano después de ponerle
el punto final a esa novela aluvional, seguramente en una madrugada,
y recién entonces, con la picardía de aquel a quien
le quedan todavía unas cuantas historias en el cargador,
murmurar para sí mismo: "El Míster c`est moi,
qué joder".
por Juan Forn en el diario Página\12, 30 de enero de 1997.
© 1997 Página 12. All Rights Reserved.
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José María Pasquini Durán
A sus plantas, rendido un león
Fue en una noche de julio, hace seis meses, al final de las últimas
vacaciones escolares de invierno, cuando llegó el diagnóstico
preciso. Lo que hasta entonces podía ser una bronquitis severa,
o quizá la secuela de una neumonía anterior, se convirtió
en la puerta de entrada a uno de esos laberintos que la vida propone
como desafío terminal. La circunspecta voz de la medicina
lo enunció en pocas palabras: tumor maligno alojado en un
pulmón. Todo lo demás que se dijo aquella noche, incluso
las estadísticas y antecedentes para el optimismo, resbalaron
como agua mansa absorbida por el desconsuelo. Brotaron palabras
conocidas pero lejanas, hasta entonces patrimonio de otros (quimioterapia-radiaciones-horizontes
quirúrgicos), que se volvían propias pero marchitaban
apenas pronunciadas. Sólo dos quedaban en pie, empecinadas:
vida o muerte.
Osvaldo Soriano fue siempre pudoroso y tímido. Lo atormentaba
la sola idea de presentarse en público, aunque fuese para
promocionar su obra, y rechazaba de plano la posibilidad de convertirse
en objeto de la frivolidad o de la curiosidad banal. Apenas si comentaba
en el círculo más íntimo de sus afectos, a
veces sólo a Catherine, su compañera, los halagos
de amistad y admiración que recibía de personalidades
de todo el mundo, desde los ámbitos más variados.
Sólo cuando alguno de ellos se perdía en el lado oscuro
de la vida exhibía el testimonio de la relación, como
ocurrió con Julio Cortázar, Alberto Olmedo y Marcello
Mastroianni. En sus archivos están guardados mensajes manuscritos
cuyos textos y firmas hubieran hecho las delicias de cualquier experto
en marketing de las editoriales que lo tuvieron bajo contrato. Con
la misma discreción, nunca utilizó la trascendencia
de su éxito para responder a los críticos y académicos
de las letras que desdeñaban sus historias o pretendían
excluirlo del presunto círculo áulico de una literatura
etiquetada por algún boticario.
Después de conocer el diagnóstico, como era natural,
impuso sobre la enfermedad la misma reserva que había mantenido
sobre su vida. De la conjura de silencio fueron partícipes
necesarios unos pocos, los que fueron elegidos por su corazón
y los que eran imprescindibles. Durante su primera internación
para recibir quimioterapia --fueron siete en total--, eligió
la ilustración de portada para Piratas, fantasmas y dinosaurios,
sus últimos textos editados en libro que dedicó a
su esposa y a Manuel, su único hijo, que se le parece además
como una encantadora miniatura. No pudo hacer mucho más por
ese libro. Las primeras semanas con el cáncer revelado fueron
sombrías, de agobio, de ensimismamiento.
Desde que se compró la primera "Mac", hace algo
más de diez años, la computación ocupó
el primer lugar de sus entretenimientos. Igual que un niño
que desarma los juguetes para saber qué tienen adentro, exploraba
los programas de software, leía publicaciones especializadas
y agotaba la paciencia de técnicos desconocidos y de expertos
amigos en su afán de saberlo todo. Por horas trataba de desentrañar
el inglés de los manuales, lengua que le era desconocida
y hostil; además de la propia, en el exilio forzado y en
el amor de su compañera había encontrado el francés.
Para la informática, sus dos posibilidades idiomáticas,
español y francés, apenas si alcanzan categoría
de dialectos minoritarios. Lo mismo en Internet, por la que viajaba
noches enteras con la golosa mirada del hambriento de palabras que
dispone de una enciclopedia universal inagotable. Curioseando palabras,
una de esas noches recolectó sesenta recetas distintas para
hacer empanadas. Desde que recibió aquel diagnóstico,
la palabra cáncer era disparada desde su pantalla hacia las
autopistas de la realidad virtual en busca de todas las respuestas
para una sola pregunta: øCómo vencer? La respuesta
más útil jamás apareció en la pantalla;
tuvo que encontrarla en él mismo y, en realidad, no fue una
respuesta sino otra pregunta: øVencer para qué? La
tuvo que repetir setenta veces siete, cada vez que los malestares
derivados del tratamiento atormentaban su cuerpo, encima lacerado
por una extrema sensibilidad al dolor físico.
Si la pregunta la encontró en sí mismo, dictada tal
vez por el propio instinto de supervivencia, la respuesta que calzaba
pudo hallarla a su lado. Era el amor infatigable de su mujer y,
más que nada, era Manuel. Ese hijo que fue convocado a su
vida cuando ya se arrimaba a los cincuenta años de edad era
el más fuerte llamado a la victoria en la pelea que nunca
buscó. Preservarse para él era una decisión
previa, muy anterior a cualquier diagnóstico. Dejó
el hábito de fumar, aunque la adicción estaba tan
arraigada que lo obligaba a tener entre los dientes un puro apagado,
como un modesto consuelo. Esa nueva costumbre llegó después
de varias semanas de abstinencia, cuando una noche, casi sin darse
cuenta, encendió un cigarrillo y sintió el placer
del adicto reincidente. No fue el único hábito de
vida que intentó modificar. Noctámbulo de toda la
vida, desayunaba a media tarde, pero a medida que Manuel crecía
y requería de su presencia fue bajando el horario buscando
el mediodía de todos. A principios del año pasado
ya se había dado como meta poner el despertador a las once
de la mañana. En estos meses de enfermedad, comenzó
a caminar cada día --si era posible acompañado de
su hijo-- y ya estaba en casi dos kilómetros al final del
año pasado, después que había dejado cualquier
clase de actividad física desde que muy joven se lesionó
en una rodilla y no pudo jugar más al fútbol, otra
de sus pasiones mayores. Por si la cadena ADN no hubiera incluido
esa afición, se ocupó especialmente en instruir al
niño, compartiendo juntos alguna vez el sabor de un estadio,
los partidos televisados y sobre todo el destino de San Lorenzo
de Almagro, su fanatismo personal. En los años del exilio,
organizó una cadena de amigos que le permitían seguir
las vicisitudes del campeonato y las constantes tribulaciones de
su tablón sentimental. Sabía de memoria las formaciones
del equipo de primera desde los años 20 y de todas las categorías
actuales del club; coleccionaba las ediciones de El Gráfico
de los años en que el santo de su devoción había
sido instalado en el altar mayor del campeonato. Manuel supo retribuirle,
acompañándolo a su tumba vestido con la camiseta que
el niño eligió, sin consejo de nadie, el primer día
que se despertó con la noticia de la muerte. La camiseta
de San Lorenzo, por supuesto.
Cuando comprendió para qué tenía que vencer,
volvió a la pregunta inicial: øcómo? Sometió
su voluntad a cada paso del tratamiento, aunque se rebeló
cada vez que pudo contra el automatismo de médicos y enfermeras,
cuando cualquiera olvidaba que sobre la cama de la clínica
había un ser humano, no sólo un objeto que registraba
síntomas. Empleó su inteligencia, su rabia, su sentido
del humor y hasta la fama que lo acompañaba para convencer
a los hombres y mujeres de blanco que en lugar de tres pinchazos
podían dar uno, que en lugar de mandatos ofrecieran explicaciones
y, sobre todo, que ahorraran cuotas de dolor a ese cuerpo que ya
soportaba el aliento entrecortado y el alma estremecida. Quizás
alguno de los que tuvo contacto nunca olvidará sus argumentos,
pero los aparatos de tomografía fueron reaccionando bien
y le fueron tomando esas fotos que dicen entender los médicos
donde el tamaño y la ubicación de las sombras hacen
la diferencia. En diciembre llegó el segundo veredicto: aunque
la quimioterapia había hecho buena obra, la operación
completaría el trabajo. Era el paso obligado hacia la curación,
el doloroso asalto final para tomar la colina y plantar bandera
de victoria. Osvaldo creyó con todas las ganas en esa esperanza.
En realidad, fue un esperanzado de toda la vida. Cuando hablaba
o escribía sobre la realidad con pesimismo buscaba proteger
los capullos de optimismo que cultivó siempre. De la ira
y la depresión lo rescataban el sentido del humor y esa especial
capacidad para descubrir el ridículo y el grotesco aun en
las situaciones más difíciles. Los médicos
lo autorizaron a viajar a Mar del Plata por una semana, manejando
su propio automóvil, después de seis meses de disciplina
y encierro. Comenzó a pensar en su nuevo libro, regresó
en avión para tener el auto en la costa cuando volviera en
febrero, y poco antes de la operación brindamos por 1997
como el año de la salud, para él, para nosotros, para
el país. Con esas ganas entró al quirófano
y con las mismas ganas abrió los ojos cuando la anestesia
perdió efecto. Dicen que la naturaleza es sabia, pero también
puede ser colérica y arbitraria. Le tendió una última
trampa mortal que los médicos, a falta de otro nombre, llaman
desestabilización. Lo demás, es historia clínica.
Que lo parió, carajo.
Al volver sobre la vida de Soriano, de lo cotidiano en realidad
hay poco extraordinario para contar. Era un hombre honrado, esposo
leal, trataba de ser buen padre, amigo fiel de sus amigos, el fútbol
lo apasionaba, le gustaba el buen cine, sobre todo Casablanca y
las películas de Leonardo Favio, veía bastante televisión
por la noche, ignoraba casi todo del rock y del pop, no bebía
más que agua mineral desde hace años, no fumaba, y
aunque le encantaba la ruleta la frecuentaba en ocasiones perdidas
y sabía detenerse en el límite de la prudencia. Aunque
lucía aire bonachón, no era de fácil trato
debido a su talante retraído. Era igual a tantos, con sus
altos y sus bajos. A lo mejor, por eso tantos pueden reconocerse
en sus historias; su primer libro --Triste, solitario y final--
ya vendió un millón de ejemplares en el mundo. Lo
extraordinario de su biografía humana, además del
maravilloso don de la escritura, era la firmeza de sus convicciones
morales, porque tuvo casi todas las oportunidades para figurar en
la galería del éxito y del dinero fáciles y
las rechazó todas. Escribía desde hace años
para el periódico romano Il Manifesto, de baja circulación,
aunque los diarios más importantes de Italia insistían
en contratarlo debido a la venta masiva de sus libros. La misma
conducta siguió aquí, en su patria, cada vez que lo
tentaron con auditorios inmensos o generosos honorarios.
Desconfiaba de los grandes medios porque creía que mientras
mayores fueran los intereses que defendían, más grandes
serían las posibilidades de que le pusieran algún
límite a la libertad de sus opiniones. No quería aceptar
otro límite que los que le dictara su propia voluntad. No
era esta precaución la única que guiaba su conducta;
también soñaba que un día las voces diferentes,
sobre todo las voces contra todas las injusticias, pudieran sonar
bien alto y fuerte, a la par de esos otros intereses. Por eso, regalaba
derechos sobre sus cuentos y artículos para publicaciones
de menor cuantía, a veces incluso de factura amateur, siempre
que formaran parte de la corriente de su pensamiento. Más
de uno cometió abuso, pero ninguno logró desalentarlo
bastante como para hacerlo cambiar de idea. Con el mismo sueño
se anotó entre los fundadores de este diario y desde los
borradores, hace diez años, hasta el último día
de conciencia no dejó de leerlo con meticulosidad de corrector
de estilo. Omitía sólo el pronóstico meteorológico,
porque como muchos creía que en eso se equivocaban todos.
Con el mismo entusiasmo se alegraba frente a una nota bien escrita
o una idea interesante o armaba broncas tremebundas por lo que podía
afectar la salud del diario, que no dejó de imaginar con
futuro, fuerte y hermoso, aun en los momentos en que otros bajaban
los brazos. Era parte de sus sueños y en las instancias más
duras de su enfermedad nunca dejó de cumplir con el compromiso
de entregar su artículo quincenal y aun otros que escribía
al ritmo de la actualidad diaria, de puras ganas o por solicitud
de la dirección editorial. Ejerció el periodismo antes
que la literatura pero nunca lo dejó porque era más
que una forma de ganarse la vida, era una vocación profunda,
cultivada con ternura, devoción y paciencia de orfebre. Sentía
orgullosa satisfacción por la tarea bien hecha. Quería
tanto este oficio que lo eligió como depositario de algunos
de sus sentimientos íntimos. Los artículos que publicó
este diario sobre las andanzas con su padre, un modesto inspector
de Obras Sanitarias con vocación de inventor muerto hace
años, podrán leerse algún día como la
reconciliación del hijo adulto que, al ser padre, logra reconciliarse
con la memoria de su infancia y adolescencia en la que la imagen
paterna se había instalado como la de un perdedor y, ante
todo, como la de un indiferente por su familia. Manuel pudo más
que las sesiones juveniles de psicoanálisis para recomponer
esa antigua fractura, que la memoria senil de la anciana madre,
viuda temprana, terminó de integrar, desde hace un tiempo,
porque cuando la visitaba solía reconocer al hijo y confundirlo
al mismo tiempo con su marido y con su nieto.
No era hombre de partidos ni de facciones y salvo el de San Lorenzo
no tenía otro carnet. Defendía la libertad con pasión
de anarquista y creía que la injusticia era intolerable en
cualquiera de sus formas. Confiaba en los ideales del socialismo
y, por lo mismo, rechazaba los autoritarismos que se levantaban
en su nombre. Su adhesión a la utopía de la sociedad
feliz lo hirió hondo en las derrotas, pero lo salvó
de convertir la tristeza en cinismo. Defendía los derechos
humanos como base indispensable para la convivencia y la dignidad
de las sociedades, pero llevaba ese compromiso hasta la minucia
de cada persona, sobre todo cuando se trataba de los que perdieron
todo, a veces hasta la esperanza de tener algo algún día.
La realidad le dolía porque nunca perdió la capacidad
de sorprenderse o indignarse con lo que pasaba, lo mismo que su
curiosidad insaciable por la gente y las cosas. Eran principios
sencillos los suyos, pero inflexibles. Suficientes para sostener
su sentido de la decencia y de la dignidad, su pasión libertaria
y hasta la médula de su obra literaria y periodística.
Suficientes también para que en buena parte de las crónicas
sobre su muerte hayan sido omitidas esas ideas suyas como parte
inseparable de su trayectoria completa.
Esas ideas lo forzaron al exilio, primero en Bruselas, donde se
enamoró de Catherine, y después en París. Las
mismas ideas lo trajeron de vuelta a Buenos Aires. En el regreso
comenzó a leer las historias de la Argentina, sin método
pero con constancia, en la búsqueda de las raíces
propias y las de todos. Atrapado en su propia imaginación,
las andanzas de Monteagudo y de Belgrano las volvía a narrar
del mismo modo que Salgari contó las de Sandokán.
Era un patriota, aunque ese término suene a vetusto en la
era de la globalidad, justo en el momento en que hace falta el patriotismo
para que esa misma globalidad no sea como la lluvia que lavaba la
identidad de los hombres hasta borrarles el rostro. Detestaba las
ceremonias escolares sobre efemérides patrióticas
porque las sentía lo mismo que si se observara el trabajo
del embalsamador. Pero un día contó que Manuel había
aprendido el Himno nacional: "Estaba jugando y lo escuché
canturrear en voz baja; cuando me acerqué alcancé
a oír el final del estribillo, donde dice 'libertad, libertad,
libertad". Ninguno creyó el relato, pero sí en
sus sentimientos. Su noción de patria lo hizo desconfiar
de la expedición a las Malvinas de la dictadura militar y
lo zafó del chauvinismo, porque su identidad nacional era
lo bastante firme para aceptarse ciudadano de la patria latinoamericana
y universal. En su obra literaria una de las lecturas posibles es
ese registro de la historia común argentina. Cuando apareció
en Italia Piratas, fantasmas y dinosaurios, una de los críticos
más respetables dijo que lo había leído como
el intento de encontrar la esencia del peronismo. Esa opinión
importa tanto como otras, pero no hay dudas de que la historia de
este siglo quedaría incompleta sin leer, por ejemplo, a Roberto
Arlt, a Rodolfo Walsh y a Osvaldo Soriano.
De la crítica a su obra literaria habrá quien se haga
cargo, con mérito o no para la tarea. No tengo dudas, sin
embargo, de que sus historias serán leídas en el futuro
por sucesivas generaciones con el mismo encanto con que las recibieron
sus muchísimos lectores de los últimos veinte años.
Aun sus críticos más severos tendrán que aceptar
que hay un estilo Soriano, que ocurre cuando cualquiera puede leer
sin la firma del autor y reconocerlo como suyo. Al mismo tiempo,
esas historias son las mismas que podrían contar millones
de personas. En esa identificación, en sus pasiones sencillas,
populares, podría encontrarse alguna razón profunda
para que tuviera no sólo la fama literaria merecida, vendiera
más libros que la mayoría de sus contemporáneos
en el país, o cautivara a italianos, húngaros, españoles
y quién sabe cuánta otra gente de geografías
distantes. Soriano era popular como si hubiera sido cantante, actor
o animador de la televisión. Ahí están los
testimonios escritos, telefónicos o de presencia en su sepelio
de hombres y mujeres, viejos y jóvenes, que nunca lo conocieron
pero lo perdieron con dolor de ausencia.
Puede ser que algunos prefieran pensar que perdimos a un autor de
talento y fama. Tendrán razón. Otros lamentarán
la ausencia de un periodista de opinión libre y honesta.
Tendrán razón. Habrá quienes rememoren al cronista
deportivo agudo y apasionado, riguroso en el conocimiento de la
materia y desbordado de entusiasmo de hincha. Tendrán razón.
Quedará en el recuerdo de los que conocieron al hombre sencillo,
imperfecto, pero nunca bronce, siempre humano. Tendrán razón.
Las personas decentes sabrán que tuvieron una baja. Tendrán
razón. Los canallas y los injustos se alegrarán porque
cayó un enemigo implacable. Tendrán razón.
Los que buscan justicia llorarán por esa voz de trascendencia
internacional que trataba de hablar en su nombre. Tendrán
razón. Los demócratas de buena ley comprenderán
que hay un ciudadano menos comprometido con la libertad. Tendrán
razón. Los amigos de fierro no encontrarán consuelo.
Tendrán razón.
Página/12 perdió todo eso y más. Con el mismo
zarpazo que se lo llevó, este diario fue mutilado de Soriano,
que es lo mismo que decir de una parte de su identidad física
y espiritual. Ese gordo de ojos pícaros, que leía
con los anteojitos cabalgando sobre la punta de la nariz, que acostumbraba
pasar la mano por una calvicie que fue tan prematura que parecía
de nacimiento, no era para este diario sólo el autor de artículos
de lujo para cualquier periódico. Era una voz en el teléfono
que criticaba, reprendía, alentaba, proponía, discutía,
reclamaba, indagaba, chismeaba, hacía reír y rabiar,
que calló justo cuando hace más falta. Nunca estuvo
de más, siempre será indispensable. Igual que sus
historias, que se incorporan al anónimo popular porque se
hacen parte del patrimonio social, muchos de los aciertos sin firma
de este diario tienen la matriz de su talento. Algunos lo sabrán
ahora, otros necesitarán del tiempo para entenderlo. Todos
tendrán razón si lloran la ausencia.
Alguna vez ambos nos prometimos que el sobreviviente escribiría
una nota post-mortem. Estoy cumpliendo esa promesa, sin el menor
deseo de ser equilibrado o imparcial. Eso lo dejo para los indiferentes
o los interesados. Estoy refiriéndome a un hermano del corazón.
Lo hago con el único valor que Osvaldo me hubiera demandado:
la máxima honestidad de mis creencias y sentimientos. Después
de treinta años de amistad, puedo refrendar cada palabra
de este texto. Por eso mismo, en este último tramo estoy
violando una regla de arte del oficio que los dos aprendimos cuando
comenzamos: nunca escribir en primera persona del singular para
mantener equidistancia con el asunto que se trata. Pido disculpas
al lector que las necesite, aunque espero que comprenda que la abundancia
del texto se justifica en la voluntad de contribuir, aunque sea
una pequeña parte, a la construcción del recuerdo
común. Si fuera sólo para mí, hubiera bastado
con estas palabras: Catherine enviudó y Manuel ya no tendrá
al fabulador que lo ayudaba a dormir cada noche con un relato sin
fin. Que la vida los compense en el futuro, hasta donde sea posible.
por J.M.Pasquini Durán en el suplemento Radar del diario
Página\12, 2 de febrero de 1997.
© 1997 Página 12. All Rights Reserved.
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José Pablo Feinmann
Osvaldo fue un invento irreemplazable
Entre tantas cosas inesperadas (que se muriera, por ejemplo) ocurre
tanto con los libros de Osvaldo que, abruptamente, se han transformado
en sus obras completas. Siempre uno veía su obra como una
obra abierta: era la obra que Osvaldo estaba escribiendo. Si este
libro no me había gustado, tal vez me gustara el próximo,
porque me habían gustado, y mucho, el primero y el segundo.
Era, así, un escritor abierto. Un escritor vivo, con una
obra en curso. Uno esperaba tener Soriano por, pongamos, veinte
años más. Uno se había acostumbrado a vivir
con Soriano. A esperar sus contratapas, a esperar sus libros. (En
alguna especial medida esto me contempla: siempre fui su contemporáneo,
ya que tengo su misma edad, ya que nacimos en el mismo año
de 1943.)
Cuando otro se muere uno busca siempre en su memoria algún
momento que pasó con él. Cierta vez (habrá
sido, creo, por 1987) Juan Sasturain convocó a algunos escritores
para crear una serie policial que se llamaría "Disparos
en la Biblioteca". Así, nos reunimos con Juan Martini
(en ese entonces Juan Carlos), con Ricardo Piglia, Jorge Manzur,
Sergio Sinay y, claro, Osvaldo Soriano. El Gordo estaba muy entusiasmado
con su computadora. Creo que era el único de nosotros que
ya utilizaba el teclado con pantalla. Y ahí estábamos:
Sasturain, Martini, Piglia, yo y lo mirábamos muy atentamente
mientras explicaba que la máquina de escribir había
sido el invento más fugaz de la humanidad.
La fugacidad (y no creo que el Gordo lo sospechara esa noche porque
estábamos tomando buen vino, comiendo buen asado y luego,
como siempre hacen los escritores, empezamos a hablar de mujeres
y de libros y de cine, conjeturo que en ese orden) es una modalidad
de la vida que nos cuesta aceptar. Uno vive como si fuera a ser
eterno. O, al menos, a durar bastante. Pero no: somos como la máquina
de escribir. Inventos fugaces. Sólo que en el caso del Gordo
no hay teclado con pantalla que valga. Soriano fue un invento irreemplazable.
por J.P.Feinmann en el diario Página\12, 30 de enero de 1997.
© 1997 Página 12. All Rights Reserved.
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Juan Martini
Soriano será un clásico
El año 1973 fue luminoso para Osvaldo Soriano. Había
cumplido 30 años, sus crónicas en La Opinión
convocaban cada vez más lectores y, de pronto, apareció
su primera novela, Triste, solitario y final. Los fulgores de la
década prodigiosa no se habían apagado y todavía
nadie pensaba seriamente que las utopías estaban a un paso
de sufrir sus reveses más duros y que, poco más adelante,
habrían pasado de moda.
Así que Triste, solitario y final apareció en el
momento propicio. Soriano tuvo el don de la oportunidad "una
astucia que le venía de la intuición, o de ese saber
que a veces en la vida dan las aventuras, la calle, el fútbol"
y ejercitó desdeÏ entonces, tanto en las cosas cotidianas
como en las intelectuales, una estrategia casi poética del
"toco y me voy". Desde su regreso a Buenos Aires, en el
final del Proceso, Soriano repartía su tiempo entre esta
ciudad y París, no presentaba libros ni concurría
a las presentaciones, dejó de participar en mesas redondas,
evitaba las polémicas, seleccionaba con la visión
del gato los reportajes que concedía y sus apariciones en
público. Desde esos foros, y desde su propio espacio en el
periodismo, Soriano exponía sus ideas, descargaba sus iras,
contaba algunas historiasÏ se tomaba la historia con un poco
de humor. Pero Soriano se había vuelto invisible. Para verlo
en persona había que acercársele, por ejemplo, en
la Feria del Libro o en el estreno de alguna de las películas
inspiradas en sus novelas.
Sin tregua
A finales de 1995, cuando ya la vida de Soriano tenía plazos
inapelables, apareció su séptima y última novela,
La hora sin sombra. Otra vez el don de la oportunidad vino a poner
las cosas en su lugar. Este libro, y el primero, son quizá
losÏ mejores. No habrá más penas ni olvido (1978)
y Cuarteles de invierno (1980) instalaron la ferocidad de la política
ar-Ï gentina en la literatura con el impacto abrumador y deslumbrante
de una escritura que se pensó siempre a sí misma con
un ritmo sin treguas. Luego llegó el memorable cónsul
Bertoldi de A sus plantas rendido un león (1988), y a continuación
otras dos novelas que dibujan el perfil más flaco de la creación
de Soriano: Una sombra ya pronto serás (1990) y El ojo de
la patria (1992).
Por eso La hora sin sombra es tal vez la más oportuna de
las novelas de Soriano. Porque su obra repunta con un golpe maestro
cuando parecía que el novelista había perdido el rumbo,
y porque ese es el legado: Soriano no muere después de El
ojo de la patria. Soriano se muere joven, se muere antes de tiempo.
Pierde, seguro, en este último movimiento, la mayoría
de sus dones, pero deja una obra. Su última novela es ya
la marca de Soriano. Ahora no se trata de las primeras parodias
ni de la violencia inmediata de una sociedad cruel. La hora sin
sombra es una novela entera, el libro de unÏ escritor que ha
desembocado, después de un par de tropiezos, en la madurez
con la naturalidad de los que saben que escribir es lo único
que les corresponde.
La forma de la ilusión
El acierto más significativo de la obra de Soriano es que
se quedó con un repertorio de temas común a toda una
generación y les puso su óptica, su voz, su estilo.
Si Soriano escribía bien o escribía mal es una discusión
tan inútil como la que producen los libros desprolijos de
Arlt. Ni Soriano, ni Arlt, quedarán en la literatura argentina
por los ripios de estilo o por sus libros desafortunados. Soriano
le dio forma a la ilusión de subirse a una novela de Raymond
Chandler, contó como nadie los encuentros y desencuentros
de la violencia peronista y marxista de los primeros años
70, los efectosÏ devastadores de la violencia de Estado, y
terminó su obra relatando, en su novela más literaria,
las penurias de un escritor en busca de una nueva novela. Novela
sobre la escritura, entonces. La hora sin sombra no dejó
afuera, sin embargo, a los lectores habituales de Soriano. Para
ellos, y para todos, la novela cuenta una de las mejores historias
de amor que se han escrito en este país en muchos años.
Cuando muere un escritor
La muerte de Soriano ha desencadenado una copiosa literatura de
homenaje y despedida que los medios han recogido en estos días
con generosidad. Esta nota forma parte de esa literatura. Las ausencias,
los silencios, en ese mar de reconocimientos doloridos y cordiales,
son los que señalan uno de los debates literarios pendientes.
Hay quienes aborrecían a Soriano solo porque los libros de
Soriano se vendían mucho. Otros, porque la figura de Soriano
les resultaba intolerable.
Cuando muere un escritor, sin embargo, poco importan ya las peripecias
de su vida o de su carácter. Desde ese momento, a salvo de
las luces y las sombras que el escritor derrama sobre sus libros
con sus dichos y costumbres, la obra debe sobrevivir por sus propios
méritos o hundirse en el olvido. Las enfermedades de Flaubert,
el alcoholismo de Faulkner, la vocación de pornógrafo
de Joyce, o la errática ideología de Borges no dicen
casi nada, hoy, sobre la trascendencia de sus obras.
La legítima curiosidad del lector de biografías,
ese voyeurismo que se practica con el mismo regocijo con que se
espía a los vecinos o se escuchan conversaciones ligadas
en el teléfono, no agrega ni quita nada en el gusto o en
el disgusto que promueven los libros. De esto se trata. Soriano
se metió por la ventana en el canon literario argentino,
y habrá que ver si se queda o no. Sus siete novelas, y los
cuatro libros que recopilan relatos, notas y escritos diversos "Artistas,
locos y criminales (1984); Rebeldes, soñadores y fugitivos
(1988); Cuentos de los años felices (1993), y Piratas, fantasmas
y dinosaurios (1996)" constituyen un cuerpo, lo que seÏ
llama una obra, y es todo lo que hay. La forma de la ilusión,
entonces, será el olvido, o, por el contrario, pervivirá
en los lectores y Soriano, le pese a quien le pese, será
un clásico de la literatura argentina.
por Juan Martini en Clarín, Viernes 07 de febrero de 1997,
Buenos Aires, República Argentina .
© 1997 Clarín. All Rights Reserved Il Manifesto
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Maurizio Matteuzzi, de Il Manifesto, Roma
Addio fratello e compagno
Primero la incredulidad, aunque lo temíamos; después
la angustia, el dolor, la desesperación. Y la rabia: ¿es
posible morir así, cuando la vida comenzaba apenas a pagarle,
a darle el justo reconocimiento, la merecida satisfacción?
¿Es verdad que no podremos hablar más, nosotros desde
la redacción de Il Manifesto y él desde allá,
del otro lado del océano, a miles de kilómetros de
distancia, pero así de vecino, de amigo, de solidario, afectuoso,
presente?
Osvaldo Soriano no ha sido sólo un gran escritor y periodista
argentino. Ha sido también, podemos decirlo, uno de nosotros,
uno que ha hecho una parte, y una parte para nada pequeña,
de la historia de este periódico, Il Manifesto, que lo enternecía
y que lo hacía rabiar, que amaba y odiaba del mismo modo
que, nos contaba, amaba y odiaba a Página/12.
Me acuerdo del primer día que vino a la redacción,
en el quinto piso de la via Tomaceli, en el corazón de Roma,
allí nomás de la Piazza Venezia y de la Piazza del
Popolo. Debía ser hacia el final de los setenta, y lo llevó
Mabel Itzcovich, una de las tantas argentinas y argentinos que por
entonces vivían aquí su exilio. No estoy seguro si
venía de París o de Bruselas y era prácticamente
desconocido en Italia de no ser por un pequeño grupo de personas
que habíamos leído su Triste, solitario y final y
lo habíamos vuelto nuestro libro de culto.
Así fue como comenzó la historia de Soriano en Il
Manifesto, una historia que no terminó nunca. Ni aun cuando,
ahora famosísimo también en Italia, recibía
más que alentadoras propuestas de otros periódicos
y revistas, que rechazaba, y rechazaba, aunque todos sabíamos
que le habían ofrecido muchísimo más dinero
del que ganaba con nosotros --que le hubiera servido para vivir
mucho más cómodo-- y que también le abría
la posibilidad de llegar a un público mucho más numeroso.
A pesar de todo, él se reconocía, yo creo, como parte
de este diario pequeño pero prestigioso, pobre pero refinado,
concebido como una empresa improbable de un grupo de "herejes"
del comunismo que no habíamos abjurado y no éramos
tontos. O, como se dice en Italia, "militonti".
Aquí entonces por qué renunciamos ahora a creer que
no lo veremos más: porque Soriano no era solamente una firma
preciosa y de excepcional valor, sino un amigo, un compañero,
un hermano de una humanidad grandiosa y una lealtad profunda. Nosotros
sabemos cuánto le debemos por sus historias, por sus relatos,
por sus artículos, y él sabe --creo-- que nunca le
debió otra cosa a Il Manifesto que haberlo hecho conocer
a un cierto público italiano. Hubo un momento luego en que
Osvaldo, antes de ser un best seller en la Argentina, era más
conocido aquí en Italia que en su país.
El padre inmigrante italiano viviendo en la Boca y la épica
partida de Cipolletti, la saga de la Coca Cola y el bicentenario
de la Revolución Francesa en los Campos Elíseos, los
operarios peronistas y los carapintadas de Semana Santa, el mito
de Gardel y la tragedia de los desaparecidos, el genio de Diego
Armando Maradona y el carisma de Obdulio Varela, el grande de Uruguay,
Juan Manuel Fangio y Carlos Monzón, los films del neorrealismo
italiano y Marcello Mastroianni: con cuánta cosa escribía
en todos estos años --tan pocos, ahora-- y nos encantaba
a todos.
Me acuerdo de su cara de sorpresa, de incredulidad, cuando nosotros,
un diario de izquierda e hiperpolítico que osaba definirse
públicamente de "comunista", le propusimos que
comentara el mundial en nuestras páginas. Primero aquel de
España en 1982, cuando la Italia de Paolo Rossi ganó
el título; después el del '86 en México, cuando
fue campeón la Argentina de Diego Maradona, y finalmente
el de Italia en el '90, cuando le pedimos que lo viniera a seguir
desde aquí. Y aquella noche de la semifinal en la que la
Argentina eliminó a Italia él, volviendo a casa en
medio del clima de terrible desilusión nacional que vivíamos,
nos contaba que le había dicho al taxista que era uruguayo.
Cuando supimos que Soriano había muerto, en Italia faltaba
poco para la medianoche, y el diario estaba cerrado. Resolvimos
que daríamos una breve noticia pero que cambiaríamos
la editorial de apertura, que siempre es un análisis político,
por el último artículo que nos había mandado,
sólo una semana atrás: ese que escribió luego
de la muerte de Marcello Mastroianni. En la edición de ayer
lo recordamos como debíamos, y como queríamos.
Perdimos a uno de los nuestros. Y a uno de los más queridos.
Addio amico, fratello, compagno. Y gracias.
del diario Página\12, 30 de enero de 1997.© 1997 Página
12. All Rights Reserved.
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Obituario de The Guardian
Some deaths are like a jab to the midriff: they knock the wind
out of you.
The Argentine writer Osvaldo Soriano, who has died of lung cancer
aged 54,knew such jabs. He loved boxing but his writing is full
of people who take one body blow after another and still cling to
what one of his tangos called "that absurd wound,life".
Tango and boxing came together in Soriano's 1981 novel Winter Quarters
, set deep in the winter of Argentina's military dictatorship. The
boxer Morales knows he is on a hiding to nothing against the army
champion. The thing is not to throw in the towel, to keep one's
dignity, to fail but keep one's self-respect.
Soriano was no failure. He spent much of his childhood in Patagonia,
then moved to Buenos Aires, determined to be a famous footballer
or to write about it. He failed at the former career -cigarettes
were already slowing him up- but his writing talents were much in
demand. After the Argentine armed forces seized power in 1976, he
went into exile in Belgium, by which time he had published his first
novel, Sad, Lonely And Final. The characters were from his other
great love, the cinema. For Soriano, the cinema was not only an
escape, but a school for learning dialogue, how to pace a story,
and slapstick.
While in exile, Soriano wrote his best-known novel, A Funny Dirty
Little War, which uses slapstick techniques to convey the reality
of the early 1970s in Argentina. It was while in Belgium that Soriano
met his wife, Catherine, with whom he had one son.
After the fall of the military government in the mid-1980s, he brought
Catherine back to Argentina and took up his old nocturnal life,sleeping
all day, getting up at about 5 pm, and talking, writing and smoking
until dawn. His journalism helped Argentines recover a sense of
decency and pride while his novels continued to be huge successes.
He wrote a spoof spy thriller on the Falklands/Malvinas conflict,
A Lion Laid At His Feet, full of humour and compassion.
A few months ago, he published what was to be his last novel, Pirates,
Ghost And Dinosaurs. It seemed odd, violent and disjointed; with
hindsight, it can be seen as a wounded boxer's rage at the impending
technical knockout.
© 1997 by 'The Guardian', London. (Reproducido en 'The Sydney
Morning Herald', Sydney, Australia, 21/2/97)
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