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Osvaldo Soriano in Memoriam

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José María Pasquini Durán
Osvaldo

Estoy aquí para dirigirme a ustedes por voluntad de Catherine Soriano y amigos entrañables, por imperativo de mis sentimientos y, también, por delegación de Página/12, el diario que Osvaldo ayudó a fundar hace casi una década, que voluntariamente eligió como tribuna de su opinión y al que amó tanto que pudo regañarlo con la mayor severidad cada vez que lo creyó conveniente, porque lo imaginaba potente y hermoso como se imagina a un hijo.
Con ese mandato sería, sin embargo, incapaz de despedir al contador de historias, porque estoy seguro que de aquí en más volverá a contarlas a cada generación. Soriano tenía ese mágico don de contar historias propias, tan propias que hay un estilo Soriano, pero sin embargo esas historias eran nuestras, tan nuestras que las podemos llevar con nosotros para siempre.
Hasta siempre Osvaldo
Venimos a honrar a un socialista sin partido, a un hombre de izquierda. Soriano estaba orgulloso de ser izquierdista, y con su vida y su obra enalteció a la izquierda.
Venimos a recoger los sueños de un soñador de espíritu noble, un hombre que pensó siempre en la injusticia como un crimen de lesa humanidad y que pensó que cada hombre y mujer de esta tierra deberían tener la oportunidad de vivir en dignidad y de alcanzar la mayor felicidad posible.
Venimos a rescatar a un patriota que estudió en las raíces de la historia nacional los sentidos de nuestra grandeza y nuestra miseria, de un patriota que pudo adivinar en la mirada de hombres y mujeres de todo el mundo un igual sentido de patria. Por sus ideas tuvo que exiliarse, pero esas mismas ideas lo trajeron de vuelta para siempre en su patria y en su suelo, entre nosotros.
Venimos a despedir a un hombre honrado y en esta época el calificativo es casi revolucionario, Soriano era un hombre honrado.
Venimos a despedir a un padre orgulloso de un caballero dorado de Piscis, enamorado de la naturaleza, que tuvo la magia de reconciliar al padre con las memorias del padre y que le escribió a su padre pensando en el hijo, seguro que algún día Manuel pensará en este padre como Osvaldo recordó al suyo, con toda la pasión que le deja, con toda la dignidad que va a heredar, con toda la alegría por la vida que tuvo su padre.
Venimos a despedir a un amigo de sus amigos, implacable con los canallas y con sus enemigos, pero bondadoso hasta lo impensable con quien él sintiera a su lado, con quien él compartiera un afecto.
Venimos a despedir a un hincha de San Lorenzo, que no estará en el próximo partido, pero que sin duda ha dejado para el club de sus pasiones algunas de las mejores páginas de la crónica deportiva.
Venimos a despedir a un periodista independiente, libre, valiente, incapaz de pensar en su propio interés cuando enfocó la profesión. Tuvo las mejores oportunidades y eligió sólo aquellas que le permitieran seguir siendo lo que cada uno de nosotros considera un periodista digno, honesto y digno.
De izquierda y valiente, amante de sus amigos y entregado por completo a su mujer y a su hijo.
A ese gordo deberíamos preguntarle hoy de dónde carajo salió esta urgencia terminal. Seguiremos buscando en la vida esa respuesta, por el sueño de vida que todavía anhelamos, en ese territorio humano donde él depositó todas sus preguntas y todas sus respuestas.
Hasta siempre Osvaldo.
( Palabras de despedida pronunciadas por José M. Pasquini Durán en el cementerio de la Chacarita.)


del diario Página\12, 31 de enero de 1997.© 1997 Página 12. All Rights Reserved.

 

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Horacio Verbitsky
Una materia exquisita

"Por ahora olvidarlo un poco no me viene mal", dice su carta manuscrita, una semana después de que el médico le explicara lo que tenía por delante. Pero no podía olvidarlo, porque hacía por lo menos tres años que lo estaba esperando. Su último libro, distribuido en la semana del diagnóstico, empieza así: "Cada noche de Año Nuevo recuerdo, aunque sea por un instante, la última que vivió mi padre. Estaba envuelto en una bata raída, en la puerta de la casa que alquilaba en la calle Santo Tomé. El pucho seguía en sus labios pero ya lo estaba matando". Por las dudas él había dejado de fumar. Pero no se hacía muchas ilusiones. Si hasta se hizo atender por el mismo matasanos que su viejo.
Cada vez le costaba más escribir su "Llamada internacional". La Argentina menemista ya no le cabía dentro del "Créase o no". Los primeros artículos de la serie son desopilantes y parecen escritos con el mismo vértigo de A sus plantas rendido un león, ese libro que por suerte no llegó a arruinar en el cine Alberto Olmedo, como él quería, con su ingenuidad a toda prueba. En los últimos, la amargura se traga al humor y en vez de hacer reír dan ganas de llorar.
En sus primeros años en Buenos Aires, se escabullía detrás de las columnas de La Opinión (las de mampostería) para que ningún jefe obsesivo le encajara alguna nota que no fueran las Historias de Vida que escribía con placer y maestría, contemporáneas de su primera novela. En el exilio denunció las aberraciones de los militares. Al volver con una francesa como el tango manda le costó soportar la mediocridad del alfonsinismo, el discurso mentiroso cotidianamente desmentido por la práctica. Los caló de entrada, cuando inventaron cualquier cosa para no incluir a Cortázar, que ya estaba enfermo y vino a despedirse, en la recepción presidencial a los intelectuales. Pero por entonces ni un pesimista como él podía imaginarse lo que nos esperaba. Es cierto, a Osvaldo no había gobierno que le viniera bien. Lo cual en el tiempo y lugar en que le tocó vivir no era más que una muestra de coherencia y decoro.
Sus libros no se parecen a lo que se llama literatura política, pero retrató al peronismo de los 70 como nadie en las letras del país, con un militante a cada lado de la escopeta. Tampoco era un periodista en el sentido convencional, y sin embargo estuvo en los dos proyectos que renovaron la prensa del país después del medio siglo de cerrojo militar y cultura del miedo: primero El Periodista, de donde se fue peleado bien al principio pero igual dejó su huella, y después Página/12, contra la que chivaba como todos los que la hacen y muchos de los que se resignan a leerla, pero a la que no aceptó dejar cuando lo tentaron de lugares más convenientes para su respetabilidad. Aquí fue uno de los que puso la pequeña dosis de humor vitriólico de los '70, indispensable para que las pompas de jabón de la Generación X se inflaran y volaran hasta donde pudiera verlas alguien más que los que soplaban. Su firma acompaña la de los otros 23 fundadores de "Periodistas", la Asociación para la Defensa del Periodismo Independiente, en la declaración que ayer le advirtió al Gobierno que la prensa argentina no olvidará a José Luis Cabezas hasta que aparezcan sus asesinos.
Pocos tuvieron en estos años tanto reconocimiento como él, dentro y fuera del país. Los italianos se identificaban con el tono y los personajes de sus crónicas, García Márquez leía sus novelas con tanto interés que se olvidaba de que el autor era argentino, lo traducían a los idiomas obvios y a los imposibles. Escribía sobre asuntos de escritores, como el terror a la página en blanco o los desfalcos de los editores, y sobre asuntos del pueblo, como los pataduras del fútbol, los afanos del Gobierno, la vida y la muerte. Su hijo se llama Manuel, por su amor tardío a Belgrano cuando entendió que se podía rastrear en la historia el origen de nuestros males. Volcó ese descubrimiento en artículos imposibles de leer para quien no tuviera tanta pasión como él, pero también en novelas donde la erudición se evaporaba y sólo dejaba una impregnación sutil y penetrante, suficiente para advertir que esos personajes y esa trama de folletín que se lee sin respirar hasta la última página decían algo más de lo que parecía, hablaban de nuestro destino nacional. Hasta le dieron varios kilos de oro de premio en un pueblito y, sobre todo, lo amaban los lectores, cuyos caprichos maravillosos son inasibles para los taxidermistas de la crítica. Y sin embargo andaba siempre rumiando, como si la mishiadura también lo corriera a él, de puro digno.
Mientras le tiraban bombas químicas preparándolo para la operación, pasaba las noches colgado de la Internet, bajando programas, jugando con su PC y con su Mac, apasionándose por el regreso de Steve Jobs al hogar e impaciente porque todavía faltaba un año para que apareciera el nuevo System Raphsody, probando un scanner prestado y maldiciendo porque "me dicen que con Eudora se pueden escribir los mensajes con acentos, pero yo no doy pie con bola porque está en inglés". Uno de sus e-mail de estos meses dice que "con la quimio uno anda como paseando en un mundo medio irreal". El último, que sigue absurdamente vivo en la pantalla, dice: "Tengo fecha de operación para el 20. El Alien se achicó lo suficiente para hacerla posible". Tan elegante, no quería salir porque se había quedado pelado "de barba y todo" y prefería que sólo unos pocos supieran lo que le estaba pasando. Ahora que ya todos saben, pueden enterarse cómo la pasó si releen las crónicas del Míster Peregrino Fernández, con las que se fue despidiendo. Con la que tituló "Casablanca" cerró su libro final, Piratas, fantasmas y dinosaurios. Su último párrafo dice: "Estoy cansado, tengo más edad de la que he confesado y la enfermera se acerca para llevarme a cenar. Acá en París nos acostamos muy temprano y ahora que se acerca el invierno lo único que puedo hacer es mirar viejas películas, leer viejos libros y evocar viejos partidos. No tengan piedad de mí: la memoria, si veraz y violenta, es una materia exquisita".



por H.Verbitsky en el diario Página\12, 30 de enero de 1997.
© 1997 Página 12. All Rights Reserved.

 

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Eduardo Galeano
El cartero

Lo vi en el ataúd, con esa cara plácida y jodona, y pensé: Es un chiste. No hay duda. El Gordo se está haciendo el muerto para hacer sufrir a los amigos. Nos está tomando el pelo, pensé.
Pero Manuel Soriano, el hijo del Gordo, que es idéntico al Gordo aunque mucho más chiquito y que andaba por ahí con su camiseta de San Lorenzo, nos dio la justa. El le había dado una carta al padre, para que se la entregara a Filipi. Filipi, gran amigo de Manuel, había muerto también, un poco antes, y él lo había enterrado, con cruz y todo, en un pocito del fondo de su casa. Filipi tenía forma de lagartija y costumbres de camaleón, porque cambiaba de color cuando quería. En la carta, Manuel le decía que lo extrañaba mucho y le enseñaba un jueguito, para que Filipi pudiera entretenerse en la muerte, que es muy aburrida. En el jueguito había que escribir las letras que faltaban: "Usá las uñas, Filipi", le decía Manuel.
Entonces lo vi claro. El Gordo se nos fue por un ratito nomás. Está trabajando de cartero de su hijo. Ahora nomás vuelve. A mí ya me parecía, porque es evidentísimo que este mundo no puede ser tan espantosamente triste, solitario y final; y un tipo tan buenazo como el Gordo no podía hacernos la cochinada de dejarnos sin él.



del diario Página\12, 30 de enero de 1997.© 1997 Página 12. All Rights Reserved.

 

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Juan Forn
Sin aliento o no habrá más penas

Ayer a las seis y media, en medio del estrépito habitual de la redacción de este diario, alguien entró con una expresión tal que no hizo falta que dijera nada. En los últimos días se habían recibido infinidad de llamados, preguntando qué pasaba con Soriano, cuán grave estaba, qué chance tenía. No hablar del tema había sido, hasta entonces, una especie de conjuro para ahuyentar la parca. Hora por hora, día por día, parecía funcionar, hasta entonces. Por eso, el silencio súbito y absoluto que se hizo en toda la redacción en el momento en que cada uno alzó la mirada y vio la expresión de esa persona fue estremecedor. No hace falta ser periodista para saber que es casi imposible silenciar a una redacción entera. No hay manera de describir ese silencio horroroso, salvo decir lo obvio: que todos los que estábamos ahí sentimos al mismo tiempo que nos habíamos quedado sin Soriano, literalmente.
Soriano se pasó más de la mitad de su vida en redacciones. Como muchos escritores, era un autodidacta: una manera elegante de definir la tarea de pegarse como una lapa a toda persona que despierta respeto o admiración, para absorber lo que se pueda de esa persona. Y en ese sentido reivindicaba Soriano las redacciones: había tenido el privilegio de estar junto a tantos capos que prefería hablar de ellos antes que de él mismo. Estuvo en La Opinión, en los diferentes proyectos de la mítica editorial Abril de los Civita, conoció en el exilio las redacciones de Le Monde, Libération, Le Canard Echainé, Il Manifesto y Panorama, fue fundador y uno de los puntales de Página/12 desde su fundación. Siempre pensó que eso había sido un lujo para él; desde hacía un tiempo largo él era un lujo para las redacciones.
Desde una redacción empezó a escribir su primera novela, Triste, solitario y final, con la impune soltura del que hace algo a solas que supone que nadie nunca conocerá. En una época mesiánica como la Argentina de principios de los '70, esa fábula hilarante que combinaba las películas mudas con el policial negro y terminaba conmoviendo como una confesión de madrugada, era una rara avis. Hoy parece uno de los momentos más lúcidos y saludables de aquella época crispada. Cuando todos pensaban que Soriano iba a seguir "agradando" con sus libros siguientes, él prefirió meterse con lo podrido: en 1975 tenía terminada la primera versión de No habrá más penas ni olvido. El "envase" seguía siendo el mismo que en su libro inicial: fluido, infecciosamente legible, con un ritmo poderoso. Pero la alegoría era feroz: la lucha mezquina y sin cuartel del peronismo de izquierda y de derecha. El libro se publicó cuatro años después, en España, con Soriano exiliado, pero no había perdido ni una gota de su polémica potencia. A ése le siguió el libro que es el favorito secreto de muchos: Cuarteles de invierno. (Y aquí se impone un comentario obligado: uno de los más aciagos karmas que enfrenta un escritor es el efecto post-primer éxito. Que Soriano haya aparecido con Cuarteles de invierno después de No habrá más penas ni olvido es un logro doble: por el libro en sí y por su capacidad para capear el ingrato síndrome. En su momento hubo algunos que lo vieron como un retroceso a comarcas "seguras"; hoy serían pocos los que se animarían a decir algo así: el tiempo ha hecho añejar de la mejor manera a Cuarteles.)
Con esos libros en la calle, en los primeros meses de la democracia alfonsinista, Soriano volvió al país convertido en un pequeño boom. Desde el turco Asís ningún escritor argentino vendía tanto en base a complicidad con los lectores. Pero ahí donde Asís era el prototipo del porteño fanfarrón y cínico, Soriano planteaba una complicidad mucho más "blanca" con los lectores, el equivalente literario de un Buster Keaton combinado con Salgari. Ahí radica quizás el motivo por el cual Soriano era el escritor más popular (en el sentido más digno del término) de la literatura argentina actual: sus innumerables lectores confiaban en él. No sólo por sus novelas sino por eso que era la otra cara de la moneda que terminaba de definirlo: el ejercicio de la reflexión que implicaban sus notas periodísticas.
La aventura que significó Página/12 lo tuvo como uno de sus más irracionales sostenes. Irracionales porque, tal como él mismo y otros lo han contado, este diario iba a ser una aventura imposible. El modo en que lo encararon él y el resto fue así. Por eso funcionó, podría decirse hoy. Es fácil decirlo. Lo cierto es que gran parte de la amplitud de registro que tiene el periodismo actual de la Argentina se debe al modo en que Soriano y el resto del staff original de Página/12 rompieron el corsé fría y meramente informativo de los medios de aquellos años. Soriano era uno de los principales defensores del ejercicio de la imaginación y la buena prosa para escribir periodismo. Para él, la imaginación y la fidelidad a la verdad no eran términos opuestos. Cualquiera que revise sus notas puede comprobarlo (las mejores fueron apareciendo en forma de libro, en Artistas, locos y criminales, Rebeldes, soñadores y fugitivos, Cuentos de los años felices y Piratas, fantasmas y dinosaurios).
En 1988 publicó su cuarta novela, A sus plantas rendido un león, con la cual empieza su segundo ciclo novelístico. Esta vez el homenajeado es Graham Greene, en las desopilantes desventuras de un argentino devenido improvisado cónsul en un remoto país africano. (Alberto Olmedo quiso llevar al cine esa novela, lo llamó varias veces en medio de la noche para contarle cómo la iba a hacer e incluso llegaron a encontrarse una madrugada, en el Hotel Alvear, cuando Olmedo le contó a Soriano que Lina Wertmüller quería dirigirla.) En su libro siguiente, Una sombra ya pronto serás, el eje volvió a ser la Argentina, pero mirándola del lado "erróneo" del catalejo: como un extranjero atónito que hubiera heredado por milagros de la genética una especie de saber de "lo argentino". El ojo de la patria es la hermana melliza de A sus plantas...: la historia de un cadáver, el de un prócer argentino enterrado en París, y el pobre infeliz que debe traerlo del confortable olvido de la historia. Su última novela apareció en 1995: La hora sin sombra. En ella construía a un padre imaginario y se daba el lujo difícil de saldar con él, de manera descabelladamente metafísica, las deudas pendientes.
Hace pocos meses me tocó entrevistarlo, por la salida de Piratas, fantasmas y dinosaurios. Esa larga noche contó, con un entusiasmo que hizo desaparecer los signos de lo que por entonces era una molesta neumonía, que su próxima novela iba a ser la historia del Míster Peregrino Fernández, ese personaje extraordinario que le iba a permitir a Soriano recorrer el siglo de la mano de un futbolista profesional, devenido técnico trotamundos, devenido testigo azaroso y privilegiado de los más diversos hitos de la historia y de la ficción de los últimos noventa años. El libro empezaba como los dioses: "Imagínenme así: un metro setenta y cinco, más bien flaco, bigote ancho como el que llevaba mi abuelo a principios de siglo". Habló casi dos horas de algunas de las secuencias del libro. Es cierto que Soriano era un extraordinario narrador oral, pero esa noche era casi imposible que ese libro no fuese excelente. E inaugurara de la mejor forma imaginable su tercer ciclo novelístico.
En algún momento de esa noche se habló de cine, de escenas inolvidables. Para mi sorpresa, él antepuso a Casablanca una predilección que --por el silencio que él mantenía y exigía respecto de su enfermedad-- no apareció en la nota: la escena de Sin aliento de Godard en que Belmondo mira al sol cegador desde un auto descapotable, saca una pistola y le dispara, con la insensata esperanza de apagarlo. Soriano dijo que esa escena era la película entera: un tipo al que no le era suficiente todo el aire del mundo para devorárselo de una bocanada, un tipo capaz de apagar el sol de un pistoletazo.
Es inevitable: uno piensa en esa novela inconclusa y se acuerda de El primer hombre de Camus y de Poderes terrenales de Anthony Burgess (una novela que quedó trunca por un estúpido accidente automovilístico, otra que llegó a escribirse y permitió a un alcohólico despreciado por muchos tomarse una espléndida revancha a todas esas cejas alzadas ante la mención de su nombre) y es casi imposible no imaginarse a Soriano devorándose todo el aire del mundo, sentado frente a su computadora, dejando descansar a la Internet, mascando un cigarro sin encender, y dando vuelta como un guante, noche a noche, la historia oficial de este siglo, para hacerla pasar por ese rico tipo de bigote copiado a su abuelo, piernas chuecas, traje del cuarenta y pinta de Erroll Flynn de cabotaje, llamado Peregrino Fernández. Es casi imposible no imaginarse a Soriano después de ponerle el punto final a esa novela aluvional, seguramente en una madrugada, y recién entonces, con la picardía de aquel a quien le quedan todavía unas cuantas historias en el cargador, murmurar para sí mismo: "El Míster c`est moi, qué joder".



por Juan Forn en el diario Página\12, 30 de enero de 1997.
© 1997 Página 12. All Rights Reserved.

 

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José María Pasquini Durán
A sus plantas, rendido un león

Fue en una noche de julio, hace seis meses, al final de las últimas vacaciones escolares de invierno, cuando llegó el diagnóstico preciso. Lo que hasta entonces podía ser una bronquitis severa, o quizá la secuela de una neumonía anterior, se convirtió en la puerta de entrada a uno de esos laberintos que la vida propone como desafío terminal. La circunspecta voz de la medicina lo enunció en pocas palabras: tumor maligno alojado en un pulmón. Todo lo demás que se dijo aquella noche, incluso las estadísticas y antecedentes para el optimismo, resbalaron como agua mansa absorbida por el desconsuelo. Brotaron palabras conocidas pero lejanas, hasta entonces patrimonio de otros (quimioterapia-radiaciones-horizontes quirúrgicos), que se volvían propias pero marchitaban apenas pronunciadas. Sólo dos quedaban en pie, empecinadas: vida o muerte.
Osvaldo Soriano fue siempre pudoroso y tímido. Lo atormentaba la sola idea de presentarse en público, aunque fuese para promocionar su obra, y rechazaba de plano la posibilidad de convertirse en objeto de la frivolidad o de la curiosidad banal. Apenas si comentaba en el círculo más íntimo de sus afectos, a veces sólo a Catherine, su compañera, los halagos de amistad y admiración que recibía de personalidades de todo el mundo, desde los ámbitos más variados. Sólo cuando alguno de ellos se perdía en el lado oscuro de la vida exhibía el testimonio de la relación, como ocurrió con Julio Cortázar, Alberto Olmedo y Marcello Mastroianni. En sus archivos están guardados mensajes manuscritos cuyos textos y firmas hubieran hecho las delicias de cualquier experto en marketing de las editoriales que lo tuvieron bajo contrato. Con la misma discreción, nunca utilizó la trascendencia de su éxito para responder a los críticos y académicos de las letras que desdeñaban sus historias o pretendían excluirlo del presunto círculo áulico de una literatura etiquetada por algún boticario.
Después de conocer el diagnóstico, como era natural, impuso sobre la enfermedad la misma reserva que había mantenido sobre su vida. De la conjura de silencio fueron partícipes necesarios unos pocos, los que fueron elegidos por su corazón y los que eran imprescindibles. Durante su primera internación para recibir quimioterapia --fueron siete en total--, eligió la ilustración de portada para Piratas, fantasmas y dinosaurios, sus últimos textos editados en libro que dedicó a su esposa y a Manuel, su único hijo, que se le parece además como una encantadora miniatura. No pudo hacer mucho más por ese libro. Las primeras semanas con el cáncer revelado fueron sombrías, de agobio, de ensimismamiento.
Desde que se compró la primera "Mac", hace algo más de diez años, la computación ocupó el primer lugar de sus entretenimientos. Igual que un niño que desarma los juguetes para saber qué tienen adentro, exploraba los programas de software, leía publicaciones especializadas y agotaba la paciencia de técnicos desconocidos y de expertos amigos en su afán de saberlo todo. Por horas trataba de desentrañar el inglés de los manuales, lengua que le era desconocida y hostil; además de la propia, en el exilio forzado y en el amor de su compañera había encontrado el francés. Para la informática, sus dos posibilidades idiomáticas, español y francés, apenas si alcanzan categoría de dialectos minoritarios. Lo mismo en Internet, por la que viajaba noches enteras con la golosa mirada del hambriento de palabras que dispone de una enciclopedia universal inagotable. Curioseando palabras, una de esas noches recolectó sesenta recetas distintas para hacer empanadas. Desde que recibió aquel diagnóstico, la palabra cáncer era disparada desde su pantalla hacia las autopistas de la realidad virtual en busca de todas las respuestas para una sola pregunta: øCómo vencer? La respuesta más útil jamás apareció en la pantalla; tuvo que encontrarla en él mismo y, en realidad, no fue una respuesta sino otra pregunta: øVencer para qué? La tuvo que repetir setenta veces siete, cada vez que los malestares derivados del tratamiento atormentaban su cuerpo, encima lacerado por una extrema sensibilidad al dolor físico.
Si la pregunta la encontró en sí mismo, dictada tal vez por el propio instinto de supervivencia, la respuesta que calzaba pudo hallarla a su lado. Era el amor infatigable de su mujer y, más que nada, era Manuel. Ese hijo que fue convocado a su vida cuando ya se arrimaba a los cincuenta años de edad era el más fuerte llamado a la victoria en la pelea que nunca buscó. Preservarse para él era una decisión previa, muy anterior a cualquier diagnóstico. Dejó el hábito de fumar, aunque la adicción estaba tan arraigada que lo obligaba a tener entre los dientes un puro apagado, como un modesto consuelo. Esa nueva costumbre llegó después de varias semanas de abstinencia, cuando una noche, casi sin darse cuenta, encendió un cigarrillo y sintió el placer del adicto reincidente. No fue el único hábito de vida que intentó modificar. Noctámbulo de toda la vida, desayunaba a media tarde, pero a medida que Manuel crecía y requería de su presencia fue bajando el horario buscando el mediodía de todos. A principios del año pasado ya se había dado como meta poner el despertador a las once de la mañana. En estos meses de enfermedad, comenzó a caminar cada día --si era posible acompañado de su hijo-- y ya estaba en casi dos kilómetros al final del año pasado, después que había dejado cualquier clase de actividad física desde que muy joven se lesionó en una rodilla y no pudo jugar más al fútbol, otra de sus pasiones mayores. Por si la cadena ADN no hubiera incluido esa afición, se ocupó especialmente en instruir al niño, compartiendo juntos alguna vez el sabor de un estadio, los partidos televisados y sobre todo el destino de San Lorenzo de Almagro, su fanatismo personal. En los años del exilio, organizó una cadena de amigos que le permitían seguir las vicisitudes del campeonato y las constantes tribulaciones de su tablón sentimental. Sabía de memoria las formaciones del equipo de primera desde los años 20 y de todas las categorías actuales del club; coleccionaba las ediciones de El Gráfico de los años en que el santo de su devoción había sido instalado en el altar mayor del campeonato. Manuel supo retribuirle, acompañándolo a su tumba vestido con la camiseta que el niño eligió, sin consejo de nadie, el primer día que se despertó con la noticia de la muerte. La camiseta de San Lorenzo, por supuesto.
Cuando comprendió para qué tenía que vencer, volvió a la pregunta inicial: øcómo? Sometió su voluntad a cada paso del tratamiento, aunque se rebeló cada vez que pudo contra el automatismo de médicos y enfermeras, cuando cualquiera olvidaba que sobre la cama de la clínica había un ser humano, no sólo un objeto que registraba síntomas. Empleó su inteligencia, su rabia, su sentido del humor y hasta la fama que lo acompañaba para convencer a los hombres y mujeres de blanco que en lugar de tres pinchazos podían dar uno, que en lugar de mandatos ofrecieran explicaciones y, sobre todo, que ahorraran cuotas de dolor a ese cuerpo que ya soportaba el aliento entrecortado y el alma estremecida. Quizás alguno de los que tuvo contacto nunca olvidará sus argumentos, pero los aparatos de tomografía fueron reaccionando bien y le fueron tomando esas fotos que dicen entender los médicos donde el tamaño y la ubicación de las sombras hacen la diferencia. En diciembre llegó el segundo veredicto: aunque la quimioterapia había hecho buena obra, la operación completaría el trabajo. Era el paso obligado hacia la curación, el doloroso asalto final para tomar la colina y plantar bandera de victoria. Osvaldo creyó con todas las ganas en esa esperanza.
En realidad, fue un esperanzado de toda la vida. Cuando hablaba o escribía sobre la realidad con pesimismo buscaba proteger los capullos de optimismo que cultivó siempre. De la ira y la depresión lo rescataban el sentido del humor y esa especial capacidad para descubrir el ridículo y el grotesco aun en las situaciones más difíciles. Los médicos lo autorizaron a viajar a Mar del Plata por una semana, manejando su propio automóvil, después de seis meses de disciplina y encierro. Comenzó a pensar en su nuevo libro, regresó en avión para tener el auto en la costa cuando volviera en febrero, y poco antes de la operación brindamos por 1997 como el año de la salud, para él, para nosotros, para el país. Con esas ganas entró al quirófano y con las mismas ganas abrió los ojos cuando la anestesia perdió efecto. Dicen que la naturaleza es sabia, pero también puede ser colérica y arbitraria. Le tendió una última trampa mortal que los médicos, a falta de otro nombre, llaman desestabilización. Lo demás, es historia clínica. Que lo parió, carajo.
Al volver sobre la vida de Soriano, de lo cotidiano en realidad hay poco extraordinario para contar. Era un hombre honrado, esposo leal, trataba de ser buen padre, amigo fiel de sus amigos, el fútbol lo apasionaba, le gustaba el buen cine, sobre todo Casablanca y las películas de Leonardo Favio, veía bastante televisión por la noche, ignoraba casi todo del rock y del pop, no bebía más que agua mineral desde hace años, no fumaba, y aunque le encantaba la ruleta la frecuentaba en ocasiones perdidas y sabía detenerse en el límite de la prudencia. Aunque lucía aire bonachón, no era de fácil trato debido a su talante retraído. Era igual a tantos, con sus altos y sus bajos. A lo mejor, por eso tantos pueden reconocerse en sus historias; su primer libro --Triste, solitario y final-- ya vendió un millón de ejemplares en el mundo. Lo extraordinario de su biografía humana, además del maravilloso don de la escritura, era la firmeza de sus convicciones morales, porque tuvo casi todas las oportunidades para figurar en la galería del éxito y del dinero fáciles y las rechazó todas. Escribía desde hace años para el periódico romano Il Manifesto, de baja circulación, aunque los diarios más importantes de Italia insistían en contratarlo debido a la venta masiva de sus libros. La misma conducta siguió aquí, en su patria, cada vez que lo tentaron con auditorios inmensos o generosos honorarios.
Desconfiaba de los grandes medios porque creía que mientras mayores fueran los intereses que defendían, más grandes serían las posibilidades de que le pusieran algún límite a la libertad de sus opiniones. No quería aceptar otro límite que los que le dictara su propia voluntad. No era esta precaución la única que guiaba su conducta; también soñaba que un día las voces diferentes, sobre todo las voces contra todas las injusticias, pudieran sonar bien alto y fuerte, a la par de esos otros intereses. Por eso, regalaba derechos sobre sus cuentos y artículos para publicaciones de menor cuantía, a veces incluso de factura amateur, siempre que formaran parte de la corriente de su pensamiento. Más de uno cometió abuso, pero ninguno logró desalentarlo bastante como para hacerlo cambiar de idea. Con el mismo sueño se anotó entre los fundadores de este diario y desde los borradores, hace diez años, hasta el último día de conciencia no dejó de leerlo con meticulosidad de corrector de estilo. Omitía sólo el pronóstico meteorológico, porque como muchos creía que en eso se equivocaban todos. Con el mismo entusiasmo se alegraba frente a una nota bien escrita o una idea interesante o armaba broncas tremebundas por lo que podía afectar la salud del diario, que no dejó de imaginar con futuro, fuerte y hermoso, aun en los momentos en que otros bajaban los brazos. Era parte de sus sueños y en las instancias más duras de su enfermedad nunca dejó de cumplir con el compromiso de entregar su artículo quincenal y aun otros que escribía al ritmo de la actualidad diaria, de puras ganas o por solicitud de la dirección editorial. Ejerció el periodismo antes que la literatura pero nunca lo dejó porque era más que una forma de ganarse la vida, era una vocación profunda, cultivada con ternura, devoción y paciencia de orfebre. Sentía orgullosa satisfacción por la tarea bien hecha. Quería tanto este oficio que lo eligió como depositario de algunos de sus sentimientos íntimos. Los artículos que publicó este diario sobre las andanzas con su padre, un modesto inspector de Obras Sanitarias con vocación de inventor muerto hace años, podrán leerse algún día como la reconciliación del hijo adulto que, al ser padre, logra reconciliarse con la memoria de su infancia y adolescencia en la que la imagen paterna se había instalado como la de un perdedor y, ante todo, como la de un indiferente por su familia. Manuel pudo más que las sesiones juveniles de psicoanálisis para recomponer esa antigua fractura, que la memoria senil de la anciana madre, viuda temprana, terminó de integrar, desde hace un tiempo, porque cuando la visitaba solía reconocer al hijo y confundirlo al mismo tiempo con su marido y con su nieto.
No era hombre de partidos ni de facciones y salvo el de San Lorenzo no tenía otro carnet. Defendía la libertad con pasión de anarquista y creía que la injusticia era intolerable en cualquiera de sus formas. Confiaba en los ideales del socialismo y, por lo mismo, rechazaba los autoritarismos que se levantaban en su nombre. Su adhesión a la utopía de la sociedad feliz lo hirió hondo en las derrotas, pero lo salvó de convertir la tristeza en cinismo. Defendía los derechos humanos como base indispensable para la convivencia y la dignidad de las sociedades, pero llevaba ese compromiso hasta la minucia de cada persona, sobre todo cuando se trataba de los que perdieron todo, a veces hasta la esperanza de tener algo algún día. La realidad le dolía porque nunca perdió la capacidad de sorprenderse o indignarse con lo que pasaba, lo mismo que su curiosidad insaciable por la gente y las cosas. Eran principios sencillos los suyos, pero inflexibles. Suficientes para sostener su sentido de la decencia y de la dignidad, su pasión libertaria y hasta la médula de su obra literaria y periodística. Suficientes también para que en buena parte de las crónicas sobre su muerte hayan sido omitidas esas ideas suyas como parte inseparable de su trayectoria completa.
Esas ideas lo forzaron al exilio, primero en Bruselas, donde se enamoró de Catherine, y después en París. Las mismas ideas lo trajeron de vuelta a Buenos Aires. En el regreso comenzó a leer las historias de la Argentina, sin método pero con constancia, en la búsqueda de las raíces propias y las de todos. Atrapado en su propia imaginación, las andanzas de Monteagudo y de Belgrano las volvía a narrar del mismo modo que Salgari contó las de Sandokán. Era un patriota, aunque ese término suene a vetusto en la era de la globalidad, justo en el momento en que hace falta el patriotismo para que esa misma globalidad no sea como la lluvia que lavaba la identidad de los hombres hasta borrarles el rostro. Detestaba las ceremonias escolares sobre efemérides patrióticas porque las sentía lo mismo que si se observara el trabajo del embalsamador. Pero un día contó que Manuel había aprendido el Himno nacional: "Estaba jugando y lo escuché canturrear en voz baja; cuando me acerqué alcancé a oír el final del estribillo, donde dice 'libertad, libertad, libertad". Ninguno creyó el relato, pero sí en sus sentimientos. Su noción de patria lo hizo desconfiar de la expedición a las Malvinas de la dictadura militar y lo zafó del chauvinismo, porque su identidad nacional era lo bastante firme para aceptarse ciudadano de la patria latinoamericana y universal. En su obra literaria una de las lecturas posibles es ese registro de la historia común argentina. Cuando apareció en Italia Piratas, fantasmas y dinosaurios, una de los críticos más respetables dijo que lo había leído como el intento de encontrar la esencia del peronismo. Esa opinión importa tanto como otras, pero no hay dudas de que la historia de este siglo quedaría incompleta sin leer, por ejemplo, a Roberto Arlt, a Rodolfo Walsh y a Osvaldo Soriano.
De la crítica a su obra literaria habrá quien se haga cargo, con mérito o no para la tarea. No tengo dudas, sin embargo, de que sus historias serán leídas en el futuro por sucesivas generaciones con el mismo encanto con que las recibieron sus muchísimos lectores de los últimos veinte años. Aun sus críticos más severos tendrán que aceptar que hay un estilo Soriano, que ocurre cuando cualquiera puede leer sin la firma del autor y reconocerlo como suyo. Al mismo tiempo, esas historias son las mismas que podrían contar millones de personas. En esa identificación, en sus pasiones sencillas, populares, podría encontrarse alguna razón profunda para que tuviera no sólo la fama literaria merecida, vendiera más libros que la mayoría de sus contemporáneos en el país, o cautivara a italianos, húngaros, españoles y quién sabe cuánta otra gente de geografías distantes. Soriano era popular como si hubiera sido cantante, actor o animador de la televisión. Ahí están los testimonios escritos, telefónicos o de presencia en su sepelio de hombres y mujeres, viejos y jóvenes, que nunca lo conocieron pero lo perdieron con dolor de ausencia.
Puede ser que algunos prefieran pensar que perdimos a un autor de talento y fama. Tendrán razón. Otros lamentarán la ausencia de un periodista de opinión libre y honesta. Tendrán razón. Habrá quienes rememoren al cronista deportivo agudo y apasionado, riguroso en el conocimiento de la materia y desbordado de entusiasmo de hincha. Tendrán razón. Quedará en el recuerdo de los que conocieron al hombre sencillo, imperfecto, pero nunca bronce, siempre humano. Tendrán razón. Las personas decentes sabrán que tuvieron una baja. Tendrán razón. Los canallas y los injustos se alegrarán porque cayó un enemigo implacable. Tendrán razón. Los que buscan justicia llorarán por esa voz de trascendencia internacional que trataba de hablar en su nombre. Tendrán razón. Los demócratas de buena ley comprenderán que hay un ciudadano menos comprometido con la libertad. Tendrán razón. Los amigos de fierro no encontrarán consuelo. Tendrán razón.
Página/12 perdió todo eso y más. Con el mismo zarpazo que se lo llevó, este diario fue mutilado de Soriano, que es lo mismo que decir de una parte de su identidad física y espiritual. Ese gordo de ojos pícaros, que leía con los anteojitos cabalgando sobre la punta de la nariz, que acostumbraba pasar la mano por una calvicie que fue tan prematura que parecía de nacimiento, no era para este diario sólo el autor de artículos de lujo para cualquier periódico. Era una voz en el teléfono que criticaba, reprendía, alentaba, proponía, discutía, reclamaba, indagaba, chismeaba, hacía reír y rabiar, que calló justo cuando hace más falta. Nunca estuvo de más, siempre será indispensable. Igual que sus historias, que se incorporan al anónimo popular porque se hacen parte del patrimonio social, muchos de los aciertos sin firma de este diario tienen la matriz de su talento. Algunos lo sabrán ahora, otros necesitarán del tiempo para entenderlo. Todos tendrán razón si lloran la ausencia.
Alguna vez ambos nos prometimos que el sobreviviente escribiría una nota post-mortem. Estoy cumpliendo esa promesa, sin el menor deseo de ser equilibrado o imparcial. Eso lo dejo para los indiferentes o los interesados. Estoy refiriéndome a un hermano del corazón. Lo hago con el único valor que Osvaldo me hubiera demandado: la máxima honestidad de mis creencias y sentimientos. Después de treinta años de amistad, puedo refrendar cada palabra de este texto. Por eso mismo, en este último tramo estoy violando una regla de arte del oficio que los dos aprendimos cuando comenzamos: nunca escribir en primera persona del singular para mantener equidistancia con el asunto que se trata. Pido disculpas al lector que las necesite, aunque espero que comprenda que la abundancia del texto se justifica en la voluntad de contribuir, aunque sea una pequeña parte, a la construcción del recuerdo común. Si fuera sólo para mí, hubiera bastado con estas palabras: Catherine enviudó y Manuel ya no tendrá al fabulador que lo ayudaba a dormir cada noche con un relato sin fin. Que la vida los compense en el futuro, hasta donde sea posible.



por J.M.Pasquini Durán en el suplemento Radar del diario Página\12, 2 de febrero de 1997.
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José Pablo Feinmann
Osvaldo fue un invento irreemplazable

Entre tantas cosas inesperadas (que se muriera, por ejemplo) ocurre tanto con los libros de Osvaldo que, abruptamente, se han transformado en sus obras completas. Siempre uno veía su obra como una obra abierta: era la obra que Osvaldo estaba escribiendo. Si este libro no me había gustado, tal vez me gustara el próximo, porque me habían gustado, y mucho, el primero y el segundo. Era, así, un escritor abierto. Un escritor vivo, con una obra en curso. Uno esperaba tener Soriano por, pongamos, veinte años más. Uno se había acostumbrado a vivir con Soriano. A esperar sus contratapas, a esperar sus libros. (En alguna especial medida esto me contempla: siempre fui su contemporáneo, ya que tengo su misma edad, ya que nacimos en el mismo año de 1943.)
Cuando otro se muere uno busca siempre en su memoria algún momento que pasó con él. Cierta vez (habrá sido, creo, por 1987) Juan Sasturain convocó a algunos escritores para crear una serie policial que se llamaría "Disparos en la Biblioteca". Así, nos reunimos con Juan Martini (en ese entonces Juan Carlos), con Ricardo Piglia, Jorge Manzur, Sergio Sinay y, claro, Osvaldo Soriano. El Gordo estaba muy entusiasmado con su computadora. Creo que era el único de nosotros que ya utilizaba el teclado con pantalla. Y ahí estábamos: Sasturain, Martini, Piglia, yo y lo mirábamos muy atentamente mientras explicaba que la máquina de escribir había sido el invento más fugaz de la humanidad.
La fugacidad (y no creo que el Gordo lo sospechara esa noche porque estábamos tomando buen vino, comiendo buen asado y luego, como siempre hacen los escritores, empezamos a hablar de mujeres y de libros y de cine, conjeturo que en ese orden) es una modalidad de la vida que nos cuesta aceptar. Uno vive como si fuera a ser eterno. O, al menos, a durar bastante. Pero no: somos como la máquina de escribir. Inventos fugaces. Sólo que en el caso del Gordo no hay teclado con pantalla que valga. Soriano fue un invento irreemplazable.



por J.P.Feinmann en el diario Página\12, 30 de enero de 1997.
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Juan Martini
Soriano será un clásico

El año 1973 fue luminoso para Osvaldo Soriano. Había cumplido 30 años, sus crónicas en La Opinión convocaban cada vez más lectores y, de pronto, apareció su primera novela, Triste, solitario y final. Los fulgores de la década prodigiosa no se habían apagado y todavía nadie pensaba seriamente que las utopías estaban a un paso de sufrir sus reveses más duros y que, poco más adelante, habrían pasado de moda.

Así que Triste, solitario y final apareció en el momento propicio. Soriano tuvo el don de la oportunidad "una astucia que le venía de la intuición, o de ese saber que a veces en la vida dan las aventuras, la calle, el fútbol" y ejercitó desdeÏ entonces, tanto en las cosas cotidianas como en las intelectuales, una estrategia casi poética del "toco y me voy". Desde su regreso a Buenos Aires, en el final del Proceso, Soriano repartía su tiempo entre esta ciudad y París, no presentaba libros ni concurría a las presentaciones, dejó de participar en mesas redondas, evitaba las polémicas, seleccionaba con la visión del gato los reportajes que concedía y sus apariciones en público. Desde esos foros, y desde su propio espacio en el periodismo, Soriano exponía sus ideas, descargaba sus iras, contaba algunas historiasÏ se tomaba la historia con un poco de humor. Pero Soriano se había vuelto invisible. Para verlo en persona había que acercársele, por ejemplo, en la Feria del Libro o en el estreno de alguna de las películas inspiradas en sus novelas.

Sin tregua

A finales de 1995, cuando ya la vida de Soriano tenía plazos inapelables, apareció su séptima y última novela, La hora sin sombra. Otra vez el don de la oportunidad vino a poner las cosas en su lugar. Este libro, y el primero, son quizá losÏ mejores. No habrá más penas ni olvido (1978) y Cuarteles de invierno (1980) instalaron la ferocidad de la política ar-Ï gentina en la literatura con el impacto abrumador y deslumbrante de una escritura que se pensó siempre a sí misma con un ritmo sin treguas. Luego llegó el memorable cónsul Bertoldi de A sus plantas rendido un león (1988), y a continuación otras dos novelas que dibujan el perfil más flaco de la creación de Soriano: Una sombra ya pronto serás (1990) y El ojo de la patria (1992).

Por eso La hora sin sombra es tal vez la más oportuna de las novelas de Soriano. Porque su obra repunta con un golpe maestro cuando parecía que el novelista había perdido el rumbo, y porque ese es el legado: Soriano no muere después de El ojo de la patria. Soriano se muere joven, se muere antes de tiempo. Pierde, seguro, en este último movimiento, la mayoría de sus dones, pero deja una obra. Su última novela es ya la marca de Soriano. Ahora no se trata de las primeras parodias ni de la violencia inmediata de una sociedad cruel. La hora sin sombra es una novela entera, el libro de unÏ escritor que ha desembocado, después de un par de tropiezos, en la madurez con la naturalidad de los que saben que escribir es lo único que les corresponde.

La forma de la ilusión

El acierto más significativo de la obra de Soriano es que se quedó con un repertorio de temas común a toda una generación y les puso su óptica, su voz, su estilo. Si Soriano escribía bien o escribía mal es una discusión tan inútil como la que producen los libros desprolijos de Arlt. Ni Soriano, ni Arlt, quedarán en la literatura argentina por los ripios de estilo o por sus libros desafortunados. Soriano le dio forma a la ilusión de subirse a una novela de Raymond Chandler, contó como nadie los encuentros y desencuentros de la violencia peronista y marxista de los primeros años 70, los efectosÏ devastadores de la violencia de Estado, y terminó su obra relatando, en su novela más literaria, las penurias de un escritor en busca de una nueva novela. Novela sobre la escritura, entonces. La hora sin sombra no dejó afuera, sin embargo, a los lectores habituales de Soriano. Para ellos, y para todos, la novela cuenta una de las mejores historias de amor que se han escrito en este país en muchos años.

Cuando muere un escritor

La muerte de Soriano ha desencadenado una copiosa literatura de homenaje y despedida que los medios han recogido en estos días con generosidad. Esta nota forma parte de esa literatura. Las ausencias, los silencios, en ese mar de reconocimientos doloridos y cordiales, son los que señalan uno de los debates literarios pendientes. Hay quienes aborrecían a Soriano solo porque los libros de Soriano se vendían mucho. Otros, porque la figura de Soriano les resultaba intolerable.

Cuando muere un escritor, sin embargo, poco importan ya las peripecias de su vida o de su carácter. Desde ese momento, a salvo de las luces y las sombras que el escritor derrama sobre sus libros con sus dichos y costumbres, la obra debe sobrevivir por sus propios méritos o hundirse en el olvido. Las enfermedades de Flaubert, el alcoholismo de Faulkner, la vocación de pornógrafo de Joyce, o la errática ideología de Borges no dicen casi nada, hoy, sobre la trascendencia de sus obras.

La legítima curiosidad del lector de biografías, ese voyeurismo que se practica con el mismo regocijo con que se espía a los vecinos o se escuchan conversaciones ligadas en el teléfono, no agrega ni quita nada en el gusto o en el disgusto que promueven los libros. De esto se trata. Soriano se metió por la ventana en el canon literario argentino, y habrá que ver si se queda o no. Sus siete novelas, y los cuatro libros que recopilan relatos, notas y escritos diversos "Artistas, locos y criminales (1984); Rebeldes, soñadores y fugitivos (1988); Cuentos de los años felices (1993), y Piratas, fantasmas y dinosaurios (1996)" constituyen un cuerpo, lo que seÏ llama una obra, y es todo lo que hay. La forma de la ilusión, entonces, será el olvido, o, por el contrario, pervivirá en los lectores y Soriano, le pese a quien le pese, será un clásico de la literatura argentina.



por Juan Martini en Clarín, Viernes 07 de febrero de 1997, Buenos Aires, República Argentina .
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Maurizio Matteuzzi, de Il Manifesto, Roma
Addio fratello e compagno

Primero la incredulidad, aunque lo temíamos; después la angustia, el dolor, la desesperación. Y la rabia: ¿es posible morir así, cuando la vida comenzaba apenas a pagarle, a darle el justo reconocimiento, la merecida satisfacción? ¿Es verdad que no podremos hablar más, nosotros desde la redacción de Il Manifesto y él desde allá, del otro lado del océano, a miles de kilómetros de distancia, pero así de vecino, de amigo, de solidario, afectuoso, presente?
Osvaldo Soriano no ha sido sólo un gran escritor y periodista argentino. Ha sido también, podemos decirlo, uno de nosotros, uno que ha hecho una parte, y una parte para nada pequeña, de la historia de este periódico, Il Manifesto, que lo enternecía y que lo hacía rabiar, que amaba y odiaba del mismo modo que, nos contaba, amaba y odiaba a Página/12.
Me acuerdo del primer día que vino a la redacción, en el quinto piso de la via Tomaceli, en el corazón de Roma, allí nomás de la Piazza Venezia y de la Piazza del Popolo. Debía ser hacia el final de los setenta, y lo llevó Mabel Itzcovich, una de las tantas argentinas y argentinos que por entonces vivían aquí su exilio. No estoy seguro si venía de París o de Bruselas y era prácticamente desconocido en Italia de no ser por un pequeño grupo de personas que habíamos leído su Triste, solitario y final y lo habíamos vuelto nuestro libro de culto.
Así fue como comenzó la historia de Soriano en Il Manifesto, una historia que no terminó nunca. Ni aun cuando, ahora famosísimo también en Italia, recibía más que alentadoras propuestas de otros periódicos y revistas, que rechazaba, y rechazaba, aunque todos sabíamos que le habían ofrecido muchísimo más dinero del que ganaba con nosotros --que le hubiera servido para vivir mucho más cómodo-- y que también le abría la posibilidad de llegar a un público mucho más numeroso. A pesar de todo, él se reconocía, yo creo, como parte de este diario pequeño pero prestigioso, pobre pero refinado, concebido como una empresa improbable de un grupo de "herejes" del comunismo que no habíamos abjurado y no éramos tontos. O, como se dice en Italia, "militonti".
Aquí entonces por qué renunciamos ahora a creer que no lo veremos más: porque Soriano no era solamente una firma preciosa y de excepcional valor, sino un amigo, un compañero, un hermano de una humanidad grandiosa y una lealtad profunda. Nosotros sabemos cuánto le debemos por sus historias, por sus relatos, por sus artículos, y él sabe --creo-- que nunca le debió otra cosa a Il Manifesto que haberlo hecho conocer a un cierto público italiano. Hubo un momento luego en que Osvaldo, antes de ser un best seller en la Argentina, era más conocido aquí en Italia que en su país.
El padre inmigrante italiano viviendo en la Boca y la épica partida de Cipolletti, la saga de la Coca Cola y el bicentenario de la Revolución Francesa en los Campos Elíseos, los operarios peronistas y los carapintadas de Semana Santa, el mito de Gardel y la tragedia de los desaparecidos, el genio de Diego Armando Maradona y el carisma de Obdulio Varela, el grande de Uruguay, Juan Manuel Fangio y Carlos Monzón, los films del neorrealismo italiano y Marcello Mastroianni: con cuánta cosa escribía en todos estos años --tan pocos, ahora-- y nos encantaba a todos.
Me acuerdo de su cara de sorpresa, de incredulidad, cuando nosotros, un diario de izquierda e hiperpolítico que osaba definirse públicamente de "comunista", le propusimos que comentara el mundial en nuestras páginas. Primero aquel de España en 1982, cuando la Italia de Paolo Rossi ganó el título; después el del '86 en México, cuando fue campeón la Argentina de Diego Maradona, y finalmente el de Italia en el '90, cuando le pedimos que lo viniera a seguir desde aquí. Y aquella noche de la semifinal en la que la Argentina eliminó a Italia él, volviendo a casa en medio del clima de terrible desilusión nacional que vivíamos, nos contaba que le había dicho al taxista que era uruguayo.
Cuando supimos que Soriano había muerto, en Italia faltaba poco para la medianoche, y el diario estaba cerrado. Resolvimos que daríamos una breve noticia pero que cambiaríamos la editorial de apertura, que siempre es un análisis político, por el último artículo que nos había mandado, sólo una semana atrás: ese que escribió luego de la muerte de Marcello Mastroianni. En la edición de ayer lo recordamos como debíamos, y como queríamos.
Perdimos a uno de los nuestros. Y a uno de los más queridos.
Addio amico, fratello, compagno. Y gracias.



del diario Página\12, 30 de enero de 1997.© 1997 Página 12. All Rights Reserved.

 

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Obituario de The Guardian

Some deaths are like a jab to the midriff: they knock the wind out of you.
The Argentine writer Osvaldo Soriano, who has died of lung cancer aged 54,knew such jabs. He loved boxing but his writing is full of people who take one body blow after another and still cling to what one of his tangos called "that absurd wound,life".
Tango and boxing came together in Soriano's 1981 novel Winter Quarters , set deep in the winter of Argentina's military dictatorship. The boxer Morales knows he is on a hiding to nothing against the army champion. The thing is not to throw in the towel, to keep one's dignity, to fail but keep one's self-respect.
Soriano was no failure. He spent much of his childhood in Patagonia, then moved to Buenos Aires, determined to be a famous footballer or to write about it. He failed at the former career -cigarettes were already slowing him up- but his writing talents were much in demand. After the Argentine armed forces seized power in 1976, he went into exile in Belgium, by which time he had published his first novel, Sad, Lonely And Final. The characters were from his other great love, the cinema. For Soriano, the cinema was not only an escape, but a school for learning dialogue, how to pace a story, and slapstick.
While in exile, Soriano wrote his best-known novel, A Funny Dirty Little War, which uses slapstick techniques to convey the reality of the early 1970s in Argentina. It was while in Belgium that Soriano met his wife, Catherine, with whom he had one son.
After the fall of the military government in the mid-1980s, he brought Catherine back to Argentina and took up his old nocturnal life,sleeping all day, getting up at about 5 pm, and talking, writing and smoking until dawn. His journalism helped Argentines recover a sense of decency and pride while his novels continued to be huge successes. He wrote a spoof spy thriller on the Falklands/Malvinas conflict, A Lion Laid At His Feet, full of humour and compassion.
A few months ago, he published what was to be his last novel, Pirates, Ghost And Dinosaurs. It seemed odd, violent and disjointed; with hindsight, it can be seen as a wounded boxer's rage at the impending technical knockout.

© 1997 by 'The Guardian', London. (Reproducido en 'The Sydney Morning Herald', Sydney, Australia, 21/2/97)

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